Llámenle geometría emocional, o matemática vital, o supervivencia algebráica, o cálculo diferencial aplicado a la salud mental. La humanidad, en el universo de los números, es lo de menos, lo que realmente importa son los resultados —que existen en la naturaleza sin intervención humana—, la exactitud, la seguridad de que hay verdades irrefutables y absolutamente demostrables. Claro, a esta altura sabemos ya que esa exactitud solo es cierta bajo las condiciones físicas y cósmicas que permiten existir a esta especie. Poco sabemos, pero suficiente: creemos. Porque somos mejores creyendo que sabiendo. Saber es limitante y limitado. Creer es absurdamente infinito. En fin, los números están para creer en algo, así, infinitamente exacto. "Lo malo de la vida es que no es lo que creemos pero tampoco lo contrario", dijo Pitagoras cuando supo que el número es el que rige las formas y las ideas, y la causa de los dioses y los demonios. Y así, por la vía del absurdo, avanzo hacia mi teorema, en el que calculo con pulso tembloroso, ese exacto momento en el que seamos esos catetos al cuadrado que sumen el cuadrado de la hipotenusa del milagro de saber unir el final con el principio: la felicidad.
Si mal no recuerdo, un día de agosto nací, en las vísperas del huracán Fifi, justo entre Leo y Virgo, en un país pequeño con un solo mar, en el centro mismo de un continente tripartito, un país de ánimo guerrero, guerrerista y guerrillero, rudo de costumbres, áspero de conciencia y terso a vista de pájaro. Y luego, como tenía que ser, crecí. Con ciertas dificultades, pero crecí, con intolerancia a la lactosa, con los pies metidos en zapatos ortopédicos, con un diagnóstico de anemia crónica y una recurrente dósis de Psicosoma para controlar mi tendencia al berrinche, pero crecí. Crecí en la casa de un pueblo que ya no existe, en el Rincón Grande, en la falda de un volcán con tetas, en la ruta del temblor y del lahar. Crecí en una casa grande partida en dos, mitad pan, mitad familia de cuatro residentes y dos visitantes. Una casa grande, de esquina trunca, de adobe gordo, techos altos y entejados, puertas rojosangreseca, rosada por fuera y variopinta por dentro. A gatas empecé la vida sobre pisos cuadriculados, uno verde, uno rojo, uno verde, uno rojo, lustrados por el olor a pinesol del trapeador de los lustros. La casa y su patio de lajas de humedad mortal, un patio al centro con geranios, colas de ardilla y rosas de madambur. Una casa de puertas mudas, clausuradas con ladrillos de miedo para que no entraran esquirlas de una guerra fiera que mataba afuera. La casa tenía una sola ventana abierta y con balcón, con una sentadera para sentarse a ver la chorrera que soltaba la tormetan por el empedrado, para ver cuando pasaba la gente saludando y cuando no quería saludar, para ver al Cimarrón enflorarse con sus lilas de abril, para ver la caliza pared de mesón de la niña Pacita, para ver pasar a la guardia nacional y asustarse, y ver las procesiones que dejaban resbalosas las aceras por su amarillento lagrimeo de cera de cebo, para ver la esquina con tienda, y a la niña Juanita con sus medicinas para todo y catecismos para todos, y a la niña Inecita llegando en bus con comales de Cojute, y a Manuel huyendo siempre del cinchazo, y a don Lencho dejándose lamer las manos con sal por la vaca pinta y la vaca negra. Y seguí creciendo. Como pude seguí creciendo, y creciendo, y creciendo, inevitablemente, injustamente, creciendo, deliberadamente, absurdamente, pasmosa y espasmódicamente creciendo, incrédulamente, felizmente, marginalmente, melodramaticamente, violentamente creciendo, y siendo, y siento que nunca dejé aquella sentadera tras aquel balcón de aquella ventana única en aquella casa que se desmoronó dejándome sin escenarios la infancia.
Nunca puedo dormir con el cerebro cantando, o llorando, que hoy resulta ser lo mismo. Hoy —ayer y mañana— murió Chavela Vargas, tal como ella misma lo había prometido en anuncios sin espanto ni tragedia. Murió como un silencio: dando paso al ruido infinito de la vida. Murió dejando un mundo raro: el mío.
Un mundo raro en el que uno sustituye confidencias con canciones, en el que uno abraza cada voz que lo consuela en esa tristeza primigenia que no encuentra explicaciones ni remedios.
Un mundo raro, colorido y delicado, lleno de esos tiempos vacíos que dejan las simples cosas. Y ahí se queda uno como esperando algún sol de mediodía, pero solo llegaba Chavela soñando el regreso.
Y así te espero de ahora para siempre, es un mundo raro en que no se puede vivir sin soledades.
Cuántas respuestas te escuché llorando, cuantas preguntas me dejaste cantando. Cuánto te debo Chavela, esta paz, esta compañía, este mundo raro.
Pudo ser una tarde, porque las tardes son proclives a la búsqueda. Pudo ser un martes, porque los martes son proclives a la fuga. Pudo ser en un bosque, porque los bosques son proclives a los cuentos. Pudo ser un físico, porque los físicos son proclives a la angustia. Pudo ser la materia, porque la materia es proclive a las preguntas. Pudo ser una ecuación, porque las ecuaciones son proclives a la eternidad. Pudo ser un presagio, porque los presagios son proclives a cumplirse. Pero —y en esto solo especulo— también pudo ser el amor, porque el amor es procilve a esas colisiones que desintegran en ínfimas como infinitas partículas todas las esperanzas conocidas.
Algunos elegimos las batallas que queremos perder. Entonces vamos perdiéndolas con decisión y esmero. La estrategia es la verdad, decirla siempre, religiosamente, kamikases, amantes suicidas arrojándose al abismo de lo (im)posible. El truco infalible es exigirla siempre. El resultado siempre inevitable es cinismo vulgar, ese que se disfraza de "soy sincero". Y uno pierde un par de camisas, unos pesos, la vergüenza, unos gramos de esperanza, un tiempo precioso en inútiles consejos y simulacros lamentables de tierna comprensión del sintenido. Pero uno sabe que no se gana bien, no del todo, frente a quien se vive perdedor. Entonces termina, una noche, en esa hora precisa e inequívoca en que felizmente se recuerda que fue uno, nadie más, el que eligió, desde que abrió la puerta, perder.
Si el jazz es un cliché, si Bolaño es un cliché, si Tarantino es un cliché, si Foucault es un cliché, si el whisky es un cliché, si Kapuściński es un cliché, si el café gourmet es un cliché, si Manhattan es un cliché, si la Cafetería Bella Nápoles es un cliché, si The New Yorker es un cliché, si la cocina de mi madre es un cliché, si Dr. House es un cliché, si Hora de la cenizas es un cliché, si Orson Welles es un cliché, si la sabiduría de mi abuela es un cliché, si un Blog es un cliché, si Scrabble es un cliché, si la muerte de mi padre es un cliché, si el frío de Europa es un cliché, si ser Ateo es un cliché, si las Mac son un cliché, si la Habana Vieja es un cliché, si Luna Park es un cliché, si la poesía es un cliché, si Mujeres al borde de un ataque de nervios es un cliché, si Monterroso es un cliché, yo quiero ser un maldito cliché.
Alicia siempre es más fiel que mi memoria, por eso no temo a mi futuro amnésico ni a esa soledad que cultivo con ahinco. Será siempre la arqueóloga de mis imcomprensiones y de mis letras desperdigadas por los aires, los vuelos y ríos. 25 años y no cambiamos, aunque cambiemos. Le debo mucho más de lo que sé. Y aquí va de nuevo eso que solo usted sabe cuando le escribí, y que hoy solo corrijo, poniendo tildes y quitando puntos, para que sea, de nuevo, nuevo este poema.
Escritor (Del lat. scriptor, ōris). 1. m. y f. Persona que escribe. 2. m. y f. Autor de obras escritas o impresas. 3. m. y f. Persona que escribe al dictado. 4. m. y f. ant. Persona que tiene el cargo de redactar la correspondencia de alguien.
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Mi compasión está con los que están trabajando de sol a sol, por un salario
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Anunciando:
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Encuentre a Flor en: LimboNimbo, FlorsyPower y en Día de La Madre.
Encuentre a Miguel en: Puño de Letras.
Mientras tanto, Gracias, Gracias Otra Vez.
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