lunes, febrero 10, 2014

Nadie merece un novio poeta

¿Alguien merece la eternidad de la palabra?
¿los amorosos insultos de un despecho?
¿el obsesionado delirio de la memoria?
¿la santificación de la mirada?
¿el desvelo caprichoso de las ansiedades?
¿la belleza impúdica de la vanidad herida?
¿el dolor derivativo de unos versos?
¿las pedantes sobresdrújulas cándidamente describiéndoselo todo?
¿la importancia de saberse verso?
¿la caricia de la duda?
¿la pregunta y la respuesta?

martes, diciembre 24, 2013

Mi cuento de navidad

Era la madrugada del 25 de diciembre del año en que yo tenía 5 años, o quizá del año en que tenía 6 años —es tan difícil precisar infancias. Me desperté poco antes de que amaneciera y no recuerdo sobresalto. Yo estaba en mi cuna (que ya era una cama con rejas). Todo estaba aún oscuro, pero no tanto como para no distinguir la escena: mi padre de pie buscando algo en una maleta de cuero que siempre estaba sobre el ropero. En la casa del pueblo todos dormíamos en un mismo cuarto, en el cuarto más seguro para dormir cuando hay una guerra que ametralla repentinamente. Mi padre sacó un bulto de la maleta de cuero que siempre estaba sobre el ropero, se notaba que intentaba no hacer ruido, el bulto estaba envuelto en papel de regalo y tenía una chonga. Le susurraba algo a mi madre que lo miraba sentada en la cama. Yo permanecía quieto, como sabiendo que mi vigilia tenía que pasar desapercibida. Vi que mi padre se dio la vuelta y se dirigió a mi cuna (que ya era una cama con rejas), entonces yo cerré los ojos para parecer dormido. Sentí que puso el bulto cerca de mis pies, mi madre susurró algo, y mi padre movió el bulto y lo puso cerca de mi cara. Yo no abrí los ojos por un buen rato, pero el corazón me palpitaba con fuerza. Sentí que mi padre volvió a la cama y ahí amaneció como cada 25 de diciembre y cada primero de enero, el resto de los días del año, desde hacía 23 años, mi padre amanecía atendiendo la panadería que nos procuraba el pan de cada día. Yo, cuando lo consideré prudente, abrí los ojos y vi el bulto de cerca, no cabía duda, era un regalo: una caja grande, más alta que ancha, medía como tres veces mi cabeza. Pasé quieto y despierto quizá la siguiente hora, en un intenso cara a cara con el regalo. Decidí terminar mi acto de bello durmiente cuando mi madre se levantó probablemente al baño, mi padre aún dormía. Abrí los ojos y me senté y agarré el regalo. Mi madre se acercó, sacudió un pie a mi padre para despertarlo, y me dijo "mirá lo que te dejó el Niño Dios" —en los pueblos, y en aquellos años, Santa Claus era un personaje demasiado secular, y los regalos de navidad se le atribuían al Niño Dios, fantasía más absurda aún porque dónde se ha visto que el cumpleañero sea el que regala y que un niño ande por la madrugada por el mundo llevando regalos sin tener duendes paganos y remos poseídos ayudándole—.
Pero volviendo a los hechos, cuando mi madre me dijo "mirá lo que te dejó el Niño Dios" se me vino a mi pensamiento una pregunta ¿Por qué me mentía mi madre? Ella que siempre me decía que mentir era pecado. Ella sabía que había sido mi padre el que había puesto el regalo en la cuna (que ya era una cama con rejas), ello lo vió, había sido su cómplice y ahora me mentía. Mi padre estaba ahí, sentado en la cama, sonriendo, mientras yo destrozaba el papel de regalo ante los ruegos de mi madre pidiéndome que lo hiciera con cuidado, mi padre solo decía "dejalo". Él también tendría prisa por ver mi cara cuando viera el robot que estaba en esa caja. Por primera vez en mi dura y corta vida recibía un regalo de navidad tan cercano a lo que había pedido. De pronto recordé cuando le dije a mi padre que quería pedirle al Niño Dios el robot que estaban anunciando en televisión. Mi regalo no era exactamente el mismo, pero sí era de baterías, caminaba, tenía un botón que hacía ruidos de disparos láser (que en nada se parecían a los disparos de la guerra con balas de M16 y AK47 que escuchábamos tan seguido y que aprendimos a diferenciar sin error), también hablaba, pero en inglés (y no recuerdo que decía). Me llevó una horas deducir que había sido más efectivo decirle a mi padre lo que quería de regalo que decirlo en silencio orando al Niño Dios, ahí comprendí que necesitaba más a mi padre que al Niño Dios, él si me complacía.

***

No tardé muchos días en encarar a mi madre con la pregunta: ¿Por que le seguía diciendo a todo el mundo que el Niño Dios me trajo el robot si yo había visto que mi padre me lo había llevado? Ella y mi padre improvisaron: lo que pasaba era que el Niño Dios, como era tan chiquito y tenía que andar por todo el mundo llevando regalos, no tenía tiempo de llevarlos todos personalmente en una misma noche, entonces por eso le dejaba a los papás los regalos días antes para que los entregaran de su parte. No niego que en un principio la respuesta me pareció aceptable, pero las dudas y las evidencias en un escéptico precoz son definitivas, pero opté por callar, y decirle a mi padre cada año qué es lo que quería de regalo. Claro, esto no funcionó siempre como debía, al siguiente año le dije a mi padre que quería un piano, y lo que amaneció en mi cuna (que seguía siendo una cama con rejas) fue una melódica. Entonces la explicación fue que como el Niño Dios era tan chiquito no podía andar cargando un piano. Quizá esa explicación me hubiera precido creible también, pero ya no creía en el Niño Dios. Por incordiar le dije a mis padres que entonces tal vez los Reyes Magos, que eran tres adultos y andaban en camello, podían con el piano. Entonces resultaba que los Reyes no tenían jurisdicción por estas tierras, porque se repartían con el Niño Dios las regiones para llevar regalos. Creo que mi padre y mi madre ya no creían que yo me creía esas cosas, pero siempre disfrutaban fantaseando conmigo y yo disfrutaba poner retos a su imaginación con preguntas que con el tiempo se hicieron un poco crueles.

***

Mi padre murió 6 o 7 años después, y la primera navidad en que no estuvo fue una navidad triste, llorosa, sin cinco para las doce en noche vieja, sin pavo, ni cena. Y claro, sin regalos, ni explicaciones. Mis preguntas empezaron su recorrido a solas por la vida. El año siguiente empezaron los exilios navideños. Otro país, otra familia, con sobrinos a los que sus padres también mentían diciéndoles que Santa Claus llevaba regalos, hasta a mí me llevaba regalos, pero no era lo mismo, nunca lo sería. Las navidades se fueron destiñendo, yo sigo huyendo de mi infancia en esas fechas, cada vez más incrédulo, cada vez más lejos de aquella cuna (que seguía siendo una cama con rejas) y cada vez más adentro.
Víctor Manuel Menjívar, mi papá.




* Este cuento se reescribe, se corrige, se precisa cada año, quizá porque yo mismo empiezo a dudar de estas respuestas que le doy a mis preguntas.

lunes, diciembre 16, 2013

Breve

Eres muy breve, me dijo. Me pareció curioso que lo dijera, sobre todo porque es cierto, y la gente dice pocas cosas ciertas. Soy muy breve, siempre he sido breve, pero la gente no lo nota. Los que lo notan prefieren callarse y no mirarme a los ojos, o, en su defecto, tratan de cubrir mi brevedad con su prolongación presuntuosa y lastimera. Pero ella lo dijo, y lo dijo como nunca nadie lo había dicho, al menos frente a mí. Sí, le dije ¿Cómo lo has notado?. No lo sé, me respondió como sorprendida en una indiscreción, Conozco muy poca gente breve, pero tan breve, solo a ti. ¿Me conoces? Le pregunté doblemente sorprendido. Sí, doblemente, porque no creía que en nueve minutos se pudiera conocer a alguien. Claro, me respondió con toda naturalidad, Te conozco muy bien, cuánto tiempo puedo necesitar para conocerte bien con lo breve que eres, es cuestión de física. Bueno, le dije, No lo sé, pero no había hecho esa relación física y es probable que tengas razón. ¿Eres mujer de ciencias?, le pregunté. No, me dijo, odio las ciencias. Soy mujer de flores. Claro, le dije, por eso es que sabes tanto de física. No te burles, y sonrió. No, perdona, le dije, Pero no estoy acostumbrado a pasear desnuda mi brevedad. Es natural, quiso decir, pero en lugar de eso dijo No se acostumbra uno fácilmente. Y tú, le pregunté, ¿a qué no te acostumbras tan fácilmente? A ser de flores, me dijo. Es cierto, me dijiste que eres de flores, perdona que lo haya pasado por alto. Me pasa siempre, me dijo, nadie se da cuenta de que soy de flores, y los que se dan cuenta prefieren callarse y no mirarme a los ojos, o, en su defecto, tratan de cubrir mi ser de flores con su áspero no-ser-de-flores. Entiendo, le dije, Entiendo muy bien.

miércoles, octubre 30, 2013

Safeword

Dice la morbosa y freudiana sabiduría popular que todos tenemos algo de sádicos y algo de masoquistas. Los que se lo toman en muy serio viven debajo de cuatro letras: BDSM. Bondage, Disciplina, Dominación y Sumisión son una serie de prácticas y aficiones sexuales relacionadas entre sí y vinculadas a la sexualidad extrema. Para los que se hacen que no lo saben, todo esto se refiere a involucrar el dolor, la dominación, la humillación, la fuerza, para provocar placer sexual (dicen). Para más señas, curiosee Las 50 sombras de Grey (no me permito recomendarle que los lea, mejor, si acaso, espera la película), ese conocido best seller de la pornografía para amas de casa ("cultas").

Pero no nos distraigamos. Lo que quiero traer al cuento es que el BDSM tiene una serie de códigos, y todo esto que hasta aquí les he contado es para llegar a uno de esos códigos cuyo concepto clavó una idea en esta mi cabeza tan dada a lo inútil, pero que para el caso vio utilidad práctica en este asunto. Hablo de la Safeword.

La Safeword es una palabra, frase o gesto (por si hay mordazas en la escena) que según un acuerdo entre la pareja (el trío, cuarteto u orquesta) sirve para darle al sumiso el derecho a detener las acciones. Usarla significa que el sumiso tiene problemas o ha alcanzado su límite y ha dejado de disfrutar. La safeword debe ser respetada siempre e inmediatamente por el dominante. En español se dobla como “palabra de seguridad” o “palabra de parada”, pero suena mejor en inglés ¿o no?.

Ahora bien, pensando en ese código y sus consideraciones éticas, se me ocurre que sería muy útil sacar ese código de la cama y aplicarlo a la vida, a las relaciones cotidianas, que muchas veces nos llevan voluntariamente por el camino del dolor, la dominación, la humillación, la fuerza en busca de satisfacciones diversas. Por ejemplo, con esa persona que conocemos y con quien vemos una posible relación romántica, en la que identificamos muchas cualidades pero también graves defectos, pero decidimos intentar a ver si con la tolerancia y la voluntad podemos lograr el objetivo de hacer pareja. Entonces debería tenerse un diálogo más o menos así, pero tratemos de que sea infinitamente menos aburrido:

—Tenés muchas cualidades que me interesa en una pareja, pero también tenés defectos que no estoy seguro si puedo sobrellevar. Además tengo mis propias manías y sensibilidad, y una leve disposición al martirio como vía del éxito.

—Sí, yo veo la misma situación, pero también estoy dispuesto a ver hasta donde podemos llegar.

—De acuerdo. Yo quiero evitar a toda costa las mentiras piadosas o las frases hechas para ponerle fin si es que a alguno no nos funciona. Sobre todo quiero evitar una desaparición repentina que eche por tierra lo bueno que puede tener esta experiencia.

—Me parece muy bien, pero ¿Cómo lo hacemos?

—Acordaremos nuestra safeword, una palabra que acordaremos entre los dos y que la pronunciaremos cuando no soportemos más la situación, cuando hallamos llegado a nuestro límite de tolerancia a la humillación o a lo que no nos gusta de alguien.

—¿Solo una palabra?

—Sí, solo una, escogida, secreta. Al pronunciarla el otro sabrá que ahí termina el juego, y que no hay nada más que negociar, solo parar y cambiar de rumbos.

—¿No es un poco extremo?

—Sí, y esa es la idea. La salvación necesita extremos.

—Bueno, hagámoslo.

Ahora debería iniciar la búsqueda de la palabra y acordar el periodo de vigencia, es decir, si solo aplica durante el cortejo, o ya en la relación, incluso en el posible matrimonio o larga vida en común. Y bueno, si un día le llega el morbo del BDSM, ya la tiene adelantada. Piénsenlo y me cuentan.

(A mí me encantan las palabras sobresdrújulas.)



* La versión original de este post fue publicada en 2009. Fue revisada, corregida y aumentada el 30 de octubre de 2013.

lunes, octubre 21, 2013

Roto

Fue un placer habernos amado, besado.
Fue un placer habernos roto el corazón.
— Jaime Sabines

Llegó tarde. Pero esa vez llegó. Claro, llegó para irse, pero no se fue. Se quedó y se fue quedando. Trajo su ropa, sus vasos, sus ganas, su olor. Trajo el desayuno y la avena. Trajo sus dudas. Trajo sus brazos, su sexo, sus preguntas. Trajo mi calma. Trajo su lucha. Yo no traje nada. Es que, a veces, uno solo sabe que tiene el corazón roto cuando quiere volver a usarlo.

martes, abril 30, 2013

Martes


Iba a escribir algunas ideas para despistarte. Pero el silencio seguirá siendo la mejor manera de extrañarte cada vez que llega un martes.

viernes, febrero 01, 2013

Error de cálculo


Te di más de lo que querías y te pedí más de lo que podías.

sábado, enero 26, 2013

Teorema del milagro


Llámenle geometría emocional, o matemática vital, o supervivencia algebráica, o cálculo diferencial aplicado a la salud mental. La humanidad, en el universo de los números, es lo de menos, lo que realmente importa son los resultados —que existen en la naturaleza sin intervención humana—, la exactitud, la seguridad de que hay verdades irrefutables y absolutamente demostrables. Claro, a esta altura sabemos ya que esa exactitud solo es cierta bajo las condiciones físicas y cósmicas que permiten existir a esta especie. Poco sabemos, pero suficiente: creemos. Porque somos mejores creyendo que sabiendo. Saber es limitante y limitado. Creer es absurdamente infinito. En fin, los números están para creer en algo, así, infinitamente exacto. "Lo malo de la vida es que no es lo que creemos pero tampoco lo contrario", dijo Pitagoras cuando supo que el número es el que rige las formas y las ideas, y la causa de los dioses y los demonios. Y así, por la vía del absurdo, avanzo hacia mi teorema, en el que calculo con pulso tembloroso, ese exacto momento en el que seamos esos catetos al cuadrado que sumen el cuadrado de la hipotenusa del milagro de saber unir el final con el principio: la felicidad.

lunes, noviembre 05, 2012

Lo que no escribo en este blog (por si se preguntaban adónde me meto)

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domingo, agosto 26, 2012

Autobiografía No Autorizada - Infancia

Si mal no recuerdo, un día de agosto nací, en las vísperas del huracán Fifi, justo entre Leo y Virgo, en un país pequeño con un solo mar, en el centro mismo de un continente tripartito, un país de ánimo guerrero, guerrerista y guerrillero, rudo de costumbres, áspero de conciencia y terso a vista de pájaro. Y luego, como tenía que ser, crecí. Con ciertas dificultades, pero crecí, con intolerancia a la lactosa, con los pies metidos en zapatos ortopédicos, con un diagnóstico de anemia crónica y una recurrente dósis de Psicosoma para controlar mi tendencia al berrinche, pero crecí. Crecí en la casa de un pueblo que ya no existe, en el Rincón Grande, en la falda de un volcán con tetas, en la ruta del temblor y del lahar. Crecí en una casa grande partida en dos, mitad pan, mitad familia de cuatro residentes y dos visitantes. Una casa grande, de esquina trunca, de adobe gordo, techos altos y entejados, puertas rojosangreseca, rosada por fuera y variopinta por dentro. A gatas empecé la vida sobre pisos cuadriculados, uno verde, uno rojo, uno verde, uno rojo, lustrados por el olor a pinesol del trapeador de los lustros. La casa y su patio de lajas de humedad mortal, un patio al centro con geranios, colas de ardilla y rosas de madambur. Una casa de puertas mudas, clausuradas con ladrillos de miedo para que no entraran esquirlas de una guerra fiera que mataba afuera. La casa tenía una sola ventana abierta y con balcón, con una sentadera para sentarse a ver la chorrera que soltaba la tormetan por el empedrado, para ver cuando pasaba la gente saludando y cuando no quería saludar, para ver al Cimarrón enflorarse con sus lilas de abril, para ver la caliza pared de mesón de la niña Pacita, para ver pasar a la guardia nacional y asustarse, y ver las procesiones que dejaban resbalosas las aceras por su amarillento lagrimeo de cera de cebo, para ver la esquina con tienda, y a la niña Juanita con sus medicinas para todo y catecismos para todos, y a la niña Inecita llegando en bus con comales de Cojute, y a Manuel huyendo siempre del cinchazo, y a don Lencho dejándose lamer las manos con sal por la vaca pinta y la vaca negra. Y seguí creciendo. Como pude seguí creciendo, y creciendo, y creciendo, inevitablemente, injustamente, creciendo, deliberadamente, absurdamente, pasmosa y espasmódicamente creciendo, incrédulamente, felizmente, marginalmente, melodramaticamente, violentamente creciendo, y siendo, y siento que nunca dejé aquella sentadera tras aquel balcón de aquella ventana única en aquella casa que se desmoronó dejándome sin escenarios la infancia.
—¿Continuará?—


 

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