domingo, agosto 26, 2012

Autobiografía No Autorizada - Infancia

Si mal no recuerdo, un día de agosto nací, en las vísperas del huracán Fifi, justo entre Leo y Virgo, en un país pequeño con un solo mar, en el centro mismo de un continente tripartito, un país de ánimo guerrero, guerrerista y guerrillero, rudo de costumbres, áspero de conciencia y terso a vista de pájaro. Y luego, como tenía que ser, crecí. Con ciertas dificultades, pero crecí, con intolerancia a la lactosa, con los pies metidos en zapatos ortopédicos, con un diagnóstico de anemia crónica y una recurrente dósis de Psicosoma para controlar mi tendencia al berrinche, pero crecí. Crecí en la casa de un pueblo que ya no existe, en el Rincón Grande, en la falda de un volcán con tetas, en la ruta del temblor y del lahar. Crecí en una casa grande partida en dos, mitad pan, mitad familia de cuatro residentes y dos visitantes. Una casa grande, de esquina trunca, de adobe gordo, techos altos y entejados, puertas rojosangreseca, rosada por fuera y variopinta por dentro. A gatas empecé la vida sobre pisos cuadriculados, uno verde, uno rojo, uno verde, uno rojo, lustrados por el olor a pinesol del trapeador de los lustros. La casa y su patio de lajas de humedad mortal, un patio al centro con geranios, colas de ardilla y rosas de madambur. Una casa de puertas mudas, clausuradas con ladrillos de miedo para que no entraran esquirlas de una guerra fiera que mataba afuera. La casa tenía una sola ventana abierta y con balcón, con una sentadera para sentarse a ver la chorrera que soltaba la tormetan por el empedrado, para ver cuando pasaba la gente saludando y cuando no quería saludar, para ver al Cimarrón enflorarse con sus lilas de abril, para ver la caliza pared de mesón de la niña Pacita, para ver pasar a la guardia nacional y asustarse, y ver las procesiones que dejaban resbalosas las aceras por su amarillento lagrimeo de cera de cebo, para ver la esquina con tienda, y a la niña Juanita con sus medicinas para todo y catecismos para todos, y a la niña Inecita llegando en bus con comales de Cojute, y a Manuel huyendo siempre del cinchazo, y a don Lencho dejándose lamer las manos con sal por la vaca pinta y la vaca negra. Y seguí creciendo. Como pude seguí creciendo, y creciendo, y creciendo, inevitablemente, injustamente, creciendo, deliberadamente, absurdamente, pasmosa y espasmódicamente creciendo, incrédulamente, felizmente, marginalmente, melodramaticamente, violentamente creciendo, y siendo, y siento que nunca dejé aquella sentadera tras aquel balcón de aquella ventana única en aquella casa que se desmoronó dejándome sin escenarios la infancia.
—¿Continuará?—


 

3 comentarios:

Alada, Fuerte y Azul dijo...

Repita conmigo "A D O B E" jijijiji. Me encantó, aunque el finalme fue un revolcón de palabras y emociones que no encontraron contenciónen su camino. Quizá era así pero no sé

Alada, Fuerte y Azul dijo...

ja, leo que a mi también me llevó la correntada

Augusto Magaña dijo...

Me gusto mucho, tiene un ritmo bien suave, que te deja leer facilmente.

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