
Casi voy regresando de Asunción, de Paraguay. Y te cuento que sí existe, aunque no tenga mar, aunque sí tenga playas, playas del Paraná –ese río impertinente que cruza el sur del sur con sus aguas sin reputación–, playas de Ypacaraí, ese lago de vals criollo del folclor del romance universal. Agua no falta en Paraguay, se derrapa en las cataratas de Iguazú, con todo y presa, y, como si fuera poco, de repente, llueve como en mi trópico. Es caluroso, eso sí, mucho en estos días, y se pone peor cuando los del hemisferio norte nos helamos –en el trópico nos helamos con veinte grados–. Tanto existe que llegan de golpe
decenas de presidentes –aunque algunos, como el mío, se quedarán con la
duda–. Pero claro, antes hemos llegado periodistas a verificar aquella
presunción de existencia, no vaya a ser. Y bueno, también tiene un
presidente, el exobispoyahorapadre. Y ahí estuvimos que no lo podíamos
creer, pero Paraguay existe, y tiene su Asunción, bajita, medio
empedrada y rojiza, con sus
shopping y paseo Carmelita, y también su minicentro y calle Palma y calle Tecuarí y su plaza tomada por dignos indígenas sin tierra en un camping indigno que a nadie indigna ya. Y uno puede andar, sabes, de noche y de día, y aunque no hay que confiarse ni abusar, se puede recorrer aquella existencia que se paga con guaraníes (cuatro mil y tantos por un dólar y cinco mil por un euro). Pues eso te cuento hoy, para que sepas un poco más –o un poco menos– de ese país con seis millones y medio de personas, la misma cantidad que hay en mi país 20 veces más pequeño. Paraguay sí existe, pese a Bastenier y sus frases de titular.
2 comentarios:
Sin opción para ponerlo pero con la opción para decirlo: "me gusta"
A mí también.
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