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miércoles, marzo 11, 2015

Caprichoso

Si te quiero querer
te voy a querer
aunque no quieras
aunque no puedas
aunque te mueras
aunque me hieras

Si quiero escribir
voy a escribirte
aunque no leas
aunque me ignores
aunque lo olvides
aunque me borres

Si quiero vivir
Voy a olvidarte
aunque me olvide
aunque no llores
aunque yo muera
aunque recuerdes

Si quiero volar
Voy a buscarte
aunque te encuentre
aunque me pierda
aunque yo suba
aunque me queme

Si te quiero querer
te voy a querer
aunque me invadas
aunque te burles
aunque no existas
aunque me quieras

lunes, febrero 10, 2014

Nadie merece un novio poeta

¿Alguien merece la eternidad de la palabra?
¿los amorosos insultos de un despecho?
¿el obsesionado delirio de la memoria?
¿la santificación de la mirada?
¿el desvelo caprichoso de las ansiedades?
¿la belleza impúdica de la vanidad herida?
¿el dolor derivativo de unos versos?
¿las pedantes sobresdrújulas cándidamente describiéndoselo todo?
¿la importancia de saberse verso?
¿la caricia de la duda?
¿la pregunta y la respuesta?

martes, diciembre 24, 2013

Mi cuento de navidad

Era la madrugada del 25 de diciembre del año en que yo tenía 5 años, o quizá del año en que tenía 6 años —es tan difícil precisar infancias. Me desperté poco antes de que amaneciera y no recuerdo sobresalto. Yo estaba en mi cuna (que ya era una cama con rejas). Todo estaba aún oscuro, pero no tanto como para no distinguir la escena: mi padre de pie buscando algo en una maleta de cuero que siempre estaba sobre el ropero. En la casa del pueblo todos dormíamos en un mismo cuarto, en el cuarto más seguro para dormir cuando hay una guerra que ametralla repentinamente. Mi padre sacó un bulto de la maleta de cuero que siempre estaba sobre el ropero, se notaba que intentaba no hacer ruido, el bulto estaba envuelto en papel de regalo y tenía una chonga. Le susurraba algo a mi madre que lo miraba sentada en la cama. Yo permanecía quieto, como sabiendo que mi vigilia tenía que pasar desapercibida. Vi que mi padre se dio la vuelta y se dirigió a mi cuna (que ya era una cama con rejas), entonces yo cerré los ojos para parecer dormido. Sentí que puso el bulto cerca de mis pies, mi madre susurró algo, y mi padre movió el bulto y lo puso cerca de mi cara. Yo no abrí los ojos por un buen rato, pero el corazón me palpitaba con fuerza. Sentí que mi padre volvió a la cama y ahí amaneció como cada 25 de diciembre y cada primero de enero, el resto de los días del año, desde hacía 23 años, mi padre amanecía atendiendo la panadería que nos procuraba el pan de cada día. Yo, cuando lo consideré prudente, abrí los ojos y vi el bulto de cerca, no cabía duda, era un regalo: una caja grande, más alta que ancha, medía como tres veces mi cabeza. Pasé quieto y despierto quizá la siguiente hora, en un intenso cara a cara con el regalo. Decidí terminar mi acto de bello durmiente cuando mi madre se levantó probablemente al baño, mi padre aún dormía. Abrí los ojos y me senté y agarré el regalo. Mi madre se acercó, sacudió un pie a mi padre para despertarlo, y me dijo "mirá lo que te dejó el Niño Dios" —en los pueblos, y en aquellos años, Santa Claus era un personaje demasiado secular, y los regalos de navidad se le atribuían al Niño Dios, fantasía más absurda aún porque dónde se ha visto que el cumpleañero sea el que regala y que un niño ande por la madrugada por el mundo llevando regalos sin tener duendes paganos y remos poseídos ayudándole—.
Pero volviendo a los hechos, cuando mi madre me dijo "mirá lo que te dejó el Niño Dios" se me vino a mi pensamiento una pregunta ¿Por qué me mentía mi madre? Ella que siempre me decía que mentir era pecado. Ella sabía que había sido mi padre el que había puesto el regalo en la cuna (que ya era una cama con rejas), ello lo vió, había sido su cómplice y ahora me mentía. Mi padre estaba ahí, sentado en la cama, sonriendo, mientras yo destrozaba el papel de regalo ante los ruegos de mi madre pidiéndome que lo hiciera con cuidado, mi padre solo decía "dejalo". Él también tendría prisa por ver mi cara cuando viera el robot que estaba en esa caja. Por primera vez en mi dura y corta vida recibía un regalo de navidad tan cercano a lo que había pedido. De pronto recordé cuando le dije a mi padre que quería pedirle al Niño Dios el robot que estaban anunciando en televisión. Mi regalo no era exactamente el mismo, pero sí era de baterías, caminaba, tenía un botón que hacía ruidos de disparos láser (que en nada se parecían a los disparos de la guerra con balas de M16 y AK47 que escuchábamos tan seguido y que aprendimos a diferenciar sin error), también hablaba, pero en inglés (y no recuerdo que decía). Me llevó una horas deducir que había sido más efectivo decirle a mi padre lo que quería de regalo que decirlo en silencio orando al Niño Dios, ahí comprendí que necesitaba más a mi padre que al Niño Dios, él si me complacía.

***

No tardé muchos días en encarar a mi madre con la pregunta: ¿Por que le seguía diciendo a todo el mundo que el Niño Dios me trajo el robot si yo había visto que mi padre me lo había llevado? Ella y mi padre improvisaron: lo que pasaba era que el Niño Dios, como era tan chiquito y tenía que andar por todo el mundo llevando regalos, no tenía tiempo de llevarlos todos personalmente en una misma noche, entonces por eso le dejaba a los papás los regalos días antes para que los entregaran de su parte. No niego que en un principio la respuesta me pareció aceptable, pero las dudas y las evidencias en un escéptico precoz son definitivas, pero opté por callar, y decirle a mi padre cada año qué es lo que quería de regalo. Claro, esto no funcionó siempre como debía, al siguiente año le dije a mi padre que quería un piano, y lo que amaneció en mi cuna (que seguía siendo una cama con rejas) fue una melódica. Entonces la explicación fue que como el Niño Dios era tan chiquito no podía andar cargando un piano. Quizá esa explicación me hubiera precido creible también, pero ya no creía en el Niño Dios. Por incordiar le dije a mis padres que entonces tal vez los Reyes Magos, que eran tres adultos y andaban en camello, podían con el piano. Entonces resultaba que los Reyes no tenían jurisdicción por estas tierras, porque se repartían con el Niño Dios las regiones para llevar regalos. Creo que mi padre y mi madre ya no creían que yo me creía esas cosas, pero siempre disfrutaban fantaseando conmigo y yo disfrutaba poner retos a su imaginación con preguntas que con el tiempo se hicieron un poco crueles.

***

Mi padre murió 6 o 7 años después, y la primera navidad en que no estuvo fue una navidad triste, llorosa, sin cinco para las doce en noche vieja, sin pavo, ni cena. Y claro, sin regalos, ni explicaciones. Mis preguntas empezaron su recorrido a solas por la vida. El año siguiente empezaron los exilios navideños. Otro país, otra familia, con sobrinos a los que sus padres también mentían diciéndoles que Santa Claus llevaba regalos, hasta a mí me llevaba regalos, pero no era lo mismo, nunca lo sería. Las navidades se fueron destiñendo, yo sigo huyendo de mi infancia en esas fechas, cada vez más incrédulo, cada vez más lejos de aquella cuna (que seguía siendo una cama con rejas) y cada vez más adentro.
Víctor Manuel Menjívar, mi papá.




* Este cuento se reescribe, se corrige, se precisa cada año, quizá porque yo mismo empiezo a dudar de estas respuestas que le doy a mis preguntas.

lunes, diciembre 16, 2013

Breve

Eres muy breve, me dijo. Me pareció curioso que lo dijera, sobre todo porque es cierto, y la gente dice pocas cosas ciertas. Soy muy breve, siempre he sido breve, pero la gente no lo nota. Los que lo notan prefieren callarse y no mirarme a los ojos, o, en su defecto, tratan de cubrir mi brevedad con su prolongación presuntuosa y lastimera. Pero ella lo dijo, y lo dijo como nunca nadie lo había dicho, al menos frente a mí. Sí, le dije ¿Cómo lo has notado?. No lo sé, me respondió como sorprendida en una indiscreción, Conozco muy poca gente breve, pero tan breve, solo a ti. ¿Me conoces? Le pregunté doblemente sorprendido. Sí, doblemente, porque no creía que en nueve minutos se pudiera conocer a alguien. Claro, me respondió con toda naturalidad, Te conozco muy bien, cuánto tiempo puedo necesitar para conocerte bien con lo breve que eres, es cuestión de física. Bueno, le dije, No lo sé, pero no había hecho esa relación física y es probable que tengas razón. ¿Eres mujer de ciencias?, le pregunté. No, me dijo, odio las ciencias. Soy mujer de flores. Claro, le dije, por eso es que sabes tanto de física. No te burles, y sonrió. No, perdona, le dije, Pero no estoy acostumbrado a pasear desnuda mi brevedad. Es natural, quiso decir, pero en lugar de eso dijo No se acostumbra uno fácilmente. Y tú, le pregunté, ¿a qué no te acostumbras tan fácilmente? A ser de flores, me dijo. Es cierto, me dijiste que eres de flores, perdona que lo haya pasado por alto. Me pasa siempre, me dijo, nadie se da cuenta de que soy de flores, y los que se dan cuenta prefieren callarse y no mirarme a los ojos, o, en su defecto, tratan de cubrir mi ser de flores con su áspero no-ser-de-flores. Entiendo, le dije, Entiendo muy bien.

lunes, octubre 21, 2013

Roto

Fue un placer habernos amado, besado.
Fue un placer habernos roto el corazón.
— Jaime Sabines

Llegó tarde. Pero esa vez llegó. Claro, llegó para irse, pero no se fue. Se quedó y se fue quedando. Trajo su ropa, sus vasos, sus ganas, su olor. Trajo el desayuno y la avena. Trajo sus dudas. Trajo sus brazos, su sexo, sus preguntas. Trajo mi calma. Trajo su lucha. Yo no traje nada. Es que, a veces, uno solo sabe que tiene el corazón roto cuando quiere volver a usarlo.

sábado, enero 26, 2013

Teorema del milagro


Llámenle geometría emocional, o matemática vital, o supervivencia algebráica, o cálculo diferencial aplicado a la salud mental. La humanidad, en el universo de los números, es lo de menos, lo que realmente importa son los resultados —que existen en la naturaleza sin intervención humana—, la exactitud, la seguridad de que hay verdades irrefutables y absolutamente demostrables. Claro, a esta altura sabemos ya que esa exactitud solo es cierta bajo las condiciones físicas y cósmicas que permiten existir a esta especie. Poco sabemos, pero suficiente: creemos. Porque somos mejores creyendo que sabiendo. Saber es limitante y limitado. Creer es absurdamente infinito. En fin, los números están para creer en algo, así, infinitamente exacto. "Lo malo de la vida es que no es lo que creemos pero tampoco lo contrario", dijo Pitagoras cuando supo que el número es el que rige las formas y las ideas, y la causa de los dioses y los demonios. Y así, por la vía del absurdo, avanzo hacia mi teorema, en el que calculo con pulso tembloroso, ese exacto momento en el que seamos esos catetos al cuadrado que sumen el cuadrado de la hipotenusa del milagro de saber unir el final con el principio: la felicidad.

viernes, junio 01, 2012

El buen perdedor

Algunos elegimos las batallas que queremos perder. Entonces vamos perdiéndolas con decisión y esmero. La estrategia es la verdad, decirla siempre, religiosamente, kamikases, amantes suicidas arrojándose al abismo de lo (im)posible. El truco infalible es exigirla siempre. El resultado siempre inevitable es cinismo vulgar, ese que se disfraza de "soy sincero". Y uno pierde un par de camisas, unos pesos, la vergüenza, unos gramos de esperanza, un tiempo precioso en inútiles consejos y simulacros lamentables de tierna comprensión del sintenido. Pero uno sabe que no se gana bien, no del todo, frente a quien se vive perdedor. Entonces termina, una noche, en esa hora precisa e inequívoca en que felizmente se recuerda que fue uno, nadie más, el que eligió, desde que abrió la puerta, perder.

sábado, abril 28, 2012

— Peleándome con vos a tus espaldas

Si el jazz es un cliché, si Bolaño es un cliché, si Tarantino es un cliché, si Foucault es un cliché, si el whisky es un cliché, si Kapuściński es un cliché, si el café gourmet es un cliché, si Manhattan es un cliché, si la Cafetería Bella Nápoles es un cliché, si The New Yorker es un cliché, si la cocina de mi madre es un cliché, si Dr. House es un cliché, si Hora de la cenizas es un cliché, si Orson Welles es un cliché, si la sabiduría de mi abuela es un cliché, si un Blog es un cliché, si Scrabble es un cliché, si la muerte de mi padre es un cliché, si el frío de Europa es un cliché, si ser Ateo es un cliché, si las Mac son un cliché, si la Habana Vieja es un cliché, si Luna Park es un cliché, si la poesía es un cliché, si Mujeres al borde de un ataque de nervios es un cliché, si Monterroso es un cliché, yo quiero ser un maldito cliché.

viernes, marzo 23, 2012

Sabe, Alicia, compañera...

Alicia siempre es más fiel que mi memoria, por eso no temo a mi futuro amnésico ni a esa soledad que cultivo con ahinco. Será siempre la arqueóloga de mis imcomprensiones y de mis letras desperdigadas por los aires, los vuelos y ríos. 25 años y no cambiamos, aunque cambiemos. Le debo mucho más de lo que sé. Y aquí va de nuevo eso que solo usted sabe cuando le escribí, y que hoy solo corrijo, poniendo tildes y quitando puntos, para que sea, de nuevo, nuevo este poema. 

Sabe compañera...
Sabe compañera
vencimos algo
no sé si algo hecho de tiempo
o de geografía
pero eso ya no es amenaza
se ha hecho cómplice en nuestro crimen
de querernos sin preguntar
al imposible
Sabe compañera
vivo de su sonrisa
y aprendo de la libertad de su lágrima
lo que me hace falta para sentirme hombre
Sabe compañera
aún hay abismos
y mucha lástima en mis espejos
aún la queja de la vida me acosa
y se hace difícil escribir mañanas
Sabe compañera
su mano es fe
y la pregunta cruel
un empujón hacia mí mismo
Compañera
conocí de la paz
cuando su mirada me dijo
que su sonrisa
ya está a salvo de mi sombra

martes, febrero 14, 2012

Mis teorías sobre vos

La primera, y más probable, es que no existís. No encuentro evidencia ni rastro ni dolor. La segunda, menos probable, es que me equivoqué. Conozco mi ganas de inventarme personajes para poder querer. La tercera, absolutamente improbable, es que no existo. Pues aquí te escribo mis teorías delatoras de mi presencia dictatorial. Una cuarta, la de la duda, es que mentís. Porque guardo en todos lados lo que quisiste olvidar.

viernes, febrero 03, 2012

Como si no fuéramos amigos

Es como si ya no fuéramos amigos. Como si de pronto hubiéramos perdido la memoria y no encontrarámos los caminos, ni reconociéramos la voces de la gente, ni supieramos el apodo del color de los ojos, ni la sensación de la textura del pelo. Como si la música derepente fuera un lenguaje indescifrable, como si aquellos desencuentros nunca nos unieron, como si los pasos ya nunca fueran baile. Es como si llegaran los años y todo siguiera como si no hubieramos llegado uno al otro, como si no fuéramos torpes, como si no fuéramos reactivos y prepotentes con estilo propio. Llegarán los cumpleaños como si nunca hubiéramos nacido. Menos mal que nunca seremos como si no fuéramos nosotros.

miércoles, septiembre 28, 2011

Incrédulo

La mitad del mundo es mentira, y la otra mitad es una duda. Así vivo. Así sobrevivo. Las verdades me espantan como deberían espantarme los fantasmas, pero los fantasmas no me espantan. Me espantan las verdades porque solo existen por descarte, casi por azar, y nunca, o casi nunca, se revelan. Yo miento cuando digo que no miento, pero lo que digo es que no digo mentiras, por eso soy tan callado. Me gusta preguntar porque he aprendido a disfrutar de las mentiras, de la creatividad conque se levantan, de la estética en que a veces se envuelven. Nunca creo nada, soy eso que los diccionarios definen como incrédulo, soy un incrédulo perfecto. No me gusta responder, porque no me gusta decir mentiras, y cada respuesta es eso, aunque no quiera, aunque no lo crea. Me llevo bien con muchos mentirosos, los disfruto, me divierten en su oficio. Oficiantes talentosos. Mienten con todo el cuerpo, con la mirada, con la intención. A veces mienten por placer, a veces por costumbre, a veces por necesidad, por supervivencia. Y se vale, a veces se vale. Conmigo se vale porque no me engañan, a menos que yo quiera. Es así, y no miento, aunque mienta, pero que no les importe, soy un mentiroso responsable, hasta socialmente responsable. Yo dudo, eso hago, dudar, porque dudar me hace responsable: me cuido, y cuido a los demás. Las dudas salvan de la culpa, de la propia culpa y de la culpa ajena. Soy incrédulo, y cada día quiero serlo un poco más, no hay otra forma, no hay otro modo, créanme.

lunes, septiembre 26, 2011

Acostumbrarse

Uno puede acostumbrarse a casi todo,
a los casi,
al buen encuentro,
y la anunciada despedida.
Uno sabe acostumbrarse a los adjetivos,
a las palabras nuevas,
al mal vino
y al mejor amigo.
Uno debe acostumbrarse a las obligaciones,
a lo imposible,
a la luz de la mañana,
y a los a veces.
Uno quiere acostumbrarse a los mismos versos,
a la buena compañía,
a la distancia del pasado,
y a la nostalgia.
Uno requiere acostumbrarse a lo fugaz,
a la ignominia,
a la otra almohada
y a las decisiones.
Uno busca acostumbrarse a los pasos,
a la voz de las paredes,
a la risa en la ventana,
y a los espejos.
Uno intenta acostumbrarse a los silencios,
a las medianas respuestas,
a las miradas,
y a la ignorancia.
Uno se acostumbra a la indolencia,
al sabor de cada olvido,
al color de la incerteza,
y a la mentira.

Uno se acostumbra a casi todo,
menos a tener que acostumbrarse.

martes, julio 05, 2011

Prioridades

Es la receta infalible. Poner lo que va antes de lo que va después. La cuestión es que no solo se trata de orden y de tiempo, se supone que se trata de importancia. Importancia no quiere decir, necesariamente, necesidad, y necesidad no quiere decir urgencia. Aunque urja correr por correr y desperdiciar la horas en vivir por vivir, para, simplemente, ponerse a contar cuentos, sin hacer tantas cuentas. Pero no, no, y no: hay prioridades, y no son la mías, porque para gente como uno no hay prioridades, hay ganas (o no), y las ganas son así, solo de uno, bueno, de gente como uno. Y entonces amanece con las prioridades ajenas, y yo, emulando disciplina ejecutiva, pretendo ordenar mis horas próximas, y entonces abro mi MacBook Pro, abro una nota de tareas de hoy, y escribo, con solemnidad y lleno de orgullo por mi talante, "Prioridades".

miércoles, junio 08, 2011

Enemigos imaginarios

No, que va, ustedes no son mis enemigos. La palabra enemigo es demasiado real y demasiado grave. Ya no los quiero, pero no los odio. Los quise. Luego los odié, pero fue porque me dolieron, pero fue porque los quise. Y para el bien de la humanidad, mis odios son temporales, nunca me sobreviven lo suficiente. Indiferentes, eso sí me son, indiferentes. Ya me puedo reír de ustedes y de mí con ustedes. Ya puedo verlos circular mi periferia y permanecer así, indiferente, tal cual. Claro, a veces los extraño, después de todo eran buenos enemigos. Los enemigos perfectos, se podría decir: mediocres de talante, incapaces de reconocerse traidores, primitivos en sus instintos, solitarios desesperados, ignorantes de sí mismos. Así da gusto tener enemigos. Siempre inferiores. Siempre imaginarios.

domingo, abril 03, 2011

En día que decidí volver

Hoy decidí volver aquí. Lo raro es que nunca decidí irme. Han pasado muchas cosas desde que me fuí ("han pasado muchas cosas" digo y pienso durante lo escribo que las "cosas" no pueden pasar, pero no tengo el ánimo dispuesto para buscar maneras correctas de soslayar estos escollos expresivos), tantas cosas han pasado que mejor escribo como si no ha pasado nada. Es domingo y estoy un poco lejos, hace calor y prefiero no moverme. El día está dudoso, en un punto a medias entre sepia y gris. En el fondo del silencio suena la vida superflua en televisión y una conversación telefónica muy seria. Tengo ganas de dormir, pero yo apenas puedo dormir. Me tomo esta pausa a la que no tengo derecho, porque al hacerlo soy un mal hijo, un mal amigo, un mal hermano, pero hoy no quiero ser malo conmigo, y por eso he vuelto aquí, a escribir un poco sobre nada, sobre todo porque aquí todo se perdona, incluso el abandono.

lunes, enero 31, 2011

Este no soy yo

Este no soy yo. Yo no voy por ahí articulando en palabras los escondrijos de mi vida. Nunca he sido bueno lidiando con las burocracias de la intimidad. Yo no comparto mis teorías vitales ni dejo en evidencia mi plan de sobrevivencia. Yo no confío en nadie. Quien me conoce sabe que no me conoce. Mi plática es un horizonte que no ofrece más allá. Yo soy silencio y huída. Nube. Molino. Pregunta. Este no soy yo. Para que lo sepás.

viernes, marzo 10, 2006

El inútil de la familia


No fui útil nunca. Nunca traje ni produje provecho, comodidad, fruto o interés. Estudié porque me supe inteligente y me gustaba hacerlo notar. Aprender era fácil y superar lo aprendido me fue natural. Pero las cosas útiles terminaban aburriéndome. Todo perdía su encanto cuando dejaba de ser puro gusto y se convertía en necesario. No me gustan las cosas necesarias, las personas necesarias, las palabras necesarias, los horarios necesarios. Amé a mis maestros más inútiles, los más enamorados de lo menos productivo. Me enfrenté siempre a los que aspiraban memoria y agradecimiento. Solo respeté a los que sabían más de lo que yo llegaría a saber. Fui un mal alumno de obligaciones. No supe ocultar mi desprecio cuando lo mejor era sonreír y prestar el espejo. Mal lo han llevado mis jefes y mis amantes: no hay nada más insoportable que un inútil que se niega a ser imprescindible. Mis amigos tuvieron mejor suerte. Siempre hace falta un inútil que ocupe tiempo muerto, que piense en lo que ellos no piensan y que dedique inútil tiempo a observarlos bien para saberlos y calcularlos en sus acciones, pensamientos y omisiones. Así me hice sabio en amigos, sabio en personas, en los otros, por eso escribo textos inútiles que en sí mismos no sirven para nada. Sin embargo, sé que existe la utilidad involuntaria de la palabra escrita. Siempre hay alguien que lee y llora, que lee y sonríe, que lee y se enoja, que lee y se suicida, que lee y se excita, que lee y se sonroja, que lee y compra, que lee y vende. La utilidad acecha, de eso no tengo dudas, y negarlo es inútil, por eso gozo negándola. Trabajo, claro, porque mi inutilidad tiene que sobrevivir, y uso la palabra, y digo que mi trabajo es bueno, que mi trabajo es importante, que quiero mi trabajo, así finjo inútilmente que soy útil. Qué inutilidad suprema, innecesaria y soberbia. Entonces quise ser el creador inútil que emborrona papel y levanta vidas, y paisajes, y ciudades, y emociones, todo tan inútil como un libro cerrado. "¿Qué decís? ¿Que es inútil?", decía Cyrano, "Ya lo daba por hecho. / Pero nadie se bate para sacar provecho. / No, lo noble, lo hermoso es batirse por nada". Soy, pues, el inútil de la familia. Y no me ha sido fácil. Nada fácil.

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