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miércoles, marzo 11, 2015

Caprichoso

Si te quiero querer
te voy a querer
aunque no quieras
aunque no puedas
aunque te mueras
aunque me hieras

Si quiero escribir
voy a escribirte
aunque no leas
aunque me ignores
aunque lo olvides
aunque me borres

Si quiero vivir
Voy a olvidarte
aunque me olvide
aunque no llores
aunque yo muera
aunque recuerdes

Si quiero volar
Voy a buscarte
aunque te encuentre
aunque me pierda
aunque yo suba
aunque me queme

Si te quiero querer
te voy a querer
aunque me invadas
aunque te burles
aunque no existas
aunque me quieras

lunes, septiembre 01, 2014

Volver a los cuarenta

Sí, yo siempre me quise ir. Estaba seguro de que me iba a ir. Sabía que me iba a ir. Si mi hermano se había ido yo también me iba a poder ir. Pero no me fui. Me quedé. Me quedé porque la vida empezó a contradecirme muy temprano, a podar mis mapas, a humillar mis vuelos, a empujarme hacia mis profundidades, a encerrarme en mí, a poner candados, a condenarme a una libertad condicional con todos los regresos obligatorios. Lo más duro fue cuando se empezaron a ir los amores, los amigos, los vecinos, los compañeros, los conocidos, los anónimos, los comunes. Uno a uno, unos contentos, otros llorando, se fueron. Yo me quedé, yo que sin decirlo lo gritaba: "¡Me voy a ir!", decía el niño empijamado. "¡Me voy a ir!", decía el puberto sangrado. "¡Me voy a ir!", decía el adolescente revolucionado. "¡Me voy a ir!", decía el suicida resucitado. "¡Me voy a ir!", decía el adulto empecinado con La vida está en otra parte bajo el brazo. "¡Me voy a ir!", dice el enajenado por las despedidas, el helecho que nunca echó raíces porque las raíces rompen las maletas, el ilusionado que nunca se hizo de un futuro cercano, el hombre encerrado que cumple cuarenta años y no sabe qué es exactamente lo que ha cumplido, el irresponsable que se queja en público de sí mismo esperando aplausos y algarabías, el que se ha quedado para darse cuenta de que lo peor de nunca haberse ido es no tener un lugar para volver.

martes, diciembre 24, 2013

Mi cuento de navidad

Era la madrugada del 25 de diciembre del año en que yo tenía 5 años, o quizá del año en que tenía 6 años —es tan difícil precisar infancias. Me desperté poco antes de que amaneciera y no recuerdo sobresalto. Yo estaba en mi cuna (que ya era una cama con rejas). Todo estaba aún oscuro, pero no tanto como para no distinguir la escena: mi padre de pie buscando algo en una maleta de cuero que siempre estaba sobre el ropero. En la casa del pueblo todos dormíamos en un mismo cuarto, en el cuarto más seguro para dormir cuando hay una guerra que ametralla repentinamente. Mi padre sacó un bulto de la maleta de cuero que siempre estaba sobre el ropero, se notaba que intentaba no hacer ruido, el bulto estaba envuelto en papel de regalo y tenía una chonga. Le susurraba algo a mi madre que lo miraba sentada en la cama. Yo permanecía quieto, como sabiendo que mi vigilia tenía que pasar desapercibida. Vi que mi padre se dio la vuelta y se dirigió a mi cuna (que ya era una cama con rejas), entonces yo cerré los ojos para parecer dormido. Sentí que puso el bulto cerca de mis pies, mi madre susurró algo, y mi padre movió el bulto y lo puso cerca de mi cara. Yo no abrí los ojos por un buen rato, pero el corazón me palpitaba con fuerza. Sentí que mi padre volvió a la cama y ahí amaneció como cada 25 de diciembre y cada primero de enero, el resto de los días del año, desde hacía 23 años, mi padre amanecía atendiendo la panadería que nos procuraba el pan de cada día. Yo, cuando lo consideré prudente, abrí los ojos y vi el bulto de cerca, no cabía duda, era un regalo: una caja grande, más alta que ancha, medía como tres veces mi cabeza. Pasé quieto y despierto quizá la siguiente hora, en un intenso cara a cara con el regalo. Decidí terminar mi acto de bello durmiente cuando mi madre se levantó probablemente al baño, mi padre aún dormía. Abrí los ojos y me senté y agarré el regalo. Mi madre se acercó, sacudió un pie a mi padre para despertarlo, y me dijo "mirá lo que te dejó el Niño Dios" —en los pueblos, y en aquellos años, Santa Claus era un personaje demasiado secular, y los regalos de navidad se le atribuían al Niño Dios, fantasía más absurda aún porque dónde se ha visto que el cumpleañero sea el que regala y que un niño ande por la madrugada por el mundo llevando regalos sin tener duendes paganos y remos poseídos ayudándole—.
Pero volviendo a los hechos, cuando mi madre me dijo "mirá lo que te dejó el Niño Dios" se me vino a mi pensamiento una pregunta ¿Por qué me mentía mi madre? Ella que siempre me decía que mentir era pecado. Ella sabía que había sido mi padre el que había puesto el regalo en la cuna (que ya era una cama con rejas), ello lo vió, había sido su cómplice y ahora me mentía. Mi padre estaba ahí, sentado en la cama, sonriendo, mientras yo destrozaba el papel de regalo ante los ruegos de mi madre pidiéndome que lo hiciera con cuidado, mi padre solo decía "dejalo". Él también tendría prisa por ver mi cara cuando viera el robot que estaba en esa caja. Por primera vez en mi dura y corta vida recibía un regalo de navidad tan cercano a lo que había pedido. De pronto recordé cuando le dije a mi padre que quería pedirle al Niño Dios el robot que estaban anunciando en televisión. Mi regalo no era exactamente el mismo, pero sí era de baterías, caminaba, tenía un botón que hacía ruidos de disparos láser (que en nada se parecían a los disparos de la guerra con balas de M16 y AK47 que escuchábamos tan seguido y que aprendimos a diferenciar sin error), también hablaba, pero en inglés (y no recuerdo que decía). Me llevó una horas deducir que había sido más efectivo decirle a mi padre lo que quería de regalo que decirlo en silencio orando al Niño Dios, ahí comprendí que necesitaba más a mi padre que al Niño Dios, él si me complacía.

***

No tardé muchos días en encarar a mi madre con la pregunta: ¿Por que le seguía diciendo a todo el mundo que el Niño Dios me trajo el robot si yo había visto que mi padre me lo había llevado? Ella y mi padre improvisaron: lo que pasaba era que el Niño Dios, como era tan chiquito y tenía que andar por todo el mundo llevando regalos, no tenía tiempo de llevarlos todos personalmente en una misma noche, entonces por eso le dejaba a los papás los regalos días antes para que los entregaran de su parte. No niego que en un principio la respuesta me pareció aceptable, pero las dudas y las evidencias en un escéptico precoz son definitivas, pero opté por callar, y decirle a mi padre cada año qué es lo que quería de regalo. Claro, esto no funcionó siempre como debía, al siguiente año le dije a mi padre que quería un piano, y lo que amaneció en mi cuna (que seguía siendo una cama con rejas) fue una melódica. Entonces la explicación fue que como el Niño Dios era tan chiquito no podía andar cargando un piano. Quizá esa explicación me hubiera precido creible también, pero ya no creía en el Niño Dios. Por incordiar le dije a mis padres que entonces tal vez los Reyes Magos, que eran tres adultos y andaban en camello, podían con el piano. Entonces resultaba que los Reyes no tenían jurisdicción por estas tierras, porque se repartían con el Niño Dios las regiones para llevar regalos. Creo que mi padre y mi madre ya no creían que yo me creía esas cosas, pero siempre disfrutaban fantaseando conmigo y yo disfrutaba poner retos a su imaginación con preguntas que con el tiempo se hicieron un poco crueles.

***

Mi padre murió 6 o 7 años después, y la primera navidad en que no estuvo fue una navidad triste, llorosa, sin cinco para las doce en noche vieja, sin pavo, ni cena. Y claro, sin regalos, ni explicaciones. Mis preguntas empezaron su recorrido a solas por la vida. El año siguiente empezaron los exilios navideños. Otro país, otra familia, con sobrinos a los que sus padres también mentían diciéndoles que Santa Claus llevaba regalos, hasta a mí me llevaba regalos, pero no era lo mismo, nunca lo sería. Las navidades se fueron destiñendo, yo sigo huyendo de mi infancia en esas fechas, cada vez más incrédulo, cada vez más lejos de aquella cuna (que seguía siendo una cama con rejas) y cada vez más adentro.
Víctor Manuel Menjívar, mi papá.




* Este cuento se reescribe, se corrige, se precisa cada año, quizá porque yo mismo empiezo a dudar de estas respuestas que le doy a mis preguntas.

lunes, octubre 21, 2013

Roto

Fue un placer habernos amado, besado.
Fue un placer habernos roto el corazón.
— Jaime Sabines

Llegó tarde. Pero esa vez llegó. Claro, llegó para irse, pero no se fue. Se quedó y se fue quedando. Trajo su ropa, sus vasos, sus ganas, su olor. Trajo el desayuno y la avena. Trajo sus dudas. Trajo sus brazos, su sexo, sus preguntas. Trajo mi calma. Trajo su lucha. Yo no traje nada. Es que, a veces, uno solo sabe que tiene el corazón roto cuando quiere volver a usarlo.

martes, abril 30, 2013

Martes


Iba a escribir algunas ideas para despistarte. Pero el silencio seguirá siendo la mejor manera de extrañarte cada vez que llega un martes.

domingo, agosto 26, 2012

Autobiografía No Autorizada - Infancia

Si mal no recuerdo, un día de agosto nací, en las vísperas del huracán Fifi, justo entre Leo y Virgo, en un país pequeño con un solo mar, en el centro mismo de un continente tripartito, un país de ánimo guerrero, guerrerista y guerrillero, rudo de costumbres, áspero de conciencia y terso a vista de pájaro. Y luego, como tenía que ser, crecí. Con ciertas dificultades, pero crecí, con intolerancia a la lactosa, con los pies metidos en zapatos ortopédicos, con un diagnóstico de anemia crónica y una recurrente dósis de Psicosoma para controlar mi tendencia al berrinche, pero crecí. Crecí en la casa de un pueblo que ya no existe, en el Rincón Grande, en la falda de un volcán con tetas, en la ruta del temblor y del lahar. Crecí en una casa grande partida en dos, mitad pan, mitad familia de cuatro residentes y dos visitantes. Una casa grande, de esquina trunca, de adobe gordo, techos altos y entejados, puertas rojosangreseca, rosada por fuera y variopinta por dentro. A gatas empecé la vida sobre pisos cuadriculados, uno verde, uno rojo, uno verde, uno rojo, lustrados por el olor a pinesol del trapeador de los lustros. La casa y su patio de lajas de humedad mortal, un patio al centro con geranios, colas de ardilla y rosas de madambur. Una casa de puertas mudas, clausuradas con ladrillos de miedo para que no entraran esquirlas de una guerra fiera que mataba afuera. La casa tenía una sola ventana abierta y con balcón, con una sentadera para sentarse a ver la chorrera que soltaba la tormetan por el empedrado, para ver cuando pasaba la gente saludando y cuando no quería saludar, para ver al Cimarrón enflorarse con sus lilas de abril, para ver la caliza pared de mesón de la niña Pacita, para ver pasar a la guardia nacional y asustarse, y ver las procesiones que dejaban resbalosas las aceras por su amarillento lagrimeo de cera de cebo, para ver la esquina con tienda, y a la niña Juanita con sus medicinas para todo y catecismos para todos, y a la niña Inecita llegando en bus con comales de Cojute, y a Manuel huyendo siempre del cinchazo, y a don Lencho dejándose lamer las manos con sal por la vaca pinta y la vaca negra. Y seguí creciendo. Como pude seguí creciendo, y creciendo, y creciendo, inevitablemente, injustamente, creciendo, deliberadamente, absurdamente, pasmosa y espasmódicamente creciendo, incrédulamente, felizmente, marginalmente, melodramaticamente, violentamente creciendo, y siendo, y siento que nunca dejé aquella sentadera tras aquel balcón de aquella ventana única en aquella casa que se desmoronó dejándome sin escenarios la infancia.
—¿Continuará?—


 

lunes, agosto 06, 2012

Mi mundo raro

Nunca puedo dormir con el cerebro cantando, o llorando, que hoy resulta ser lo mismo. Hoy —ayer y mañana— murió Chavela Vargas, tal como ella misma lo había prometido en anuncios sin espanto ni tragedia. Murió como un silencio: dando paso al ruido infinito de la vida. Murió dejando un mundo raro: el mío.



Un mundo raro en el que uno sustituye confidencias con canciones, en el que uno abraza cada voz que lo consuela en esa tristeza primigenia que no encuentra explicaciones ni remedios. 



Un mundo raro, colorido y delicado, lleno de esos tiempos vacíos que dejan las simples cosas. Y ahí se queda uno como esperando algún sol de mediodía, pero solo llegaba Chavela soñando el regreso.  



Y así te espero de ahora para siempre, es un mundo raro en que no se puede vivir sin soledades.



Cuántas respuestas te escuché llorando, cuantas preguntas me dejaste cantando. Cuánto te debo Chavela, esta paz, esta compañía, este mundo raro.

sábado, abril 28, 2012

— Peleándome con vos a tus espaldas

Si el jazz es un cliché, si Bolaño es un cliché, si Tarantino es un cliché, si Foucault es un cliché, si el whisky es un cliché, si Kapuściński es un cliché, si el café gourmet es un cliché, si Manhattan es un cliché, si la Cafetería Bella Nápoles es un cliché, si The New Yorker es un cliché, si la cocina de mi madre es un cliché, si Dr. House es un cliché, si Hora de la cenizas es un cliché, si Orson Welles es un cliché, si la sabiduría de mi abuela es un cliché, si un Blog es un cliché, si Scrabble es un cliché, si la muerte de mi padre es un cliché, si el frío de Europa es un cliché, si ser Ateo es un cliché, si las Mac son un cliché, si la Habana Vieja es un cliché, si Luna Park es un cliché, si la poesía es un cliché, si Mujeres al borde de un ataque de nervios es un cliché, si Monterroso es un cliché, yo quiero ser un maldito cliché.

viernes, marzo 23, 2012

Sabe, Alicia, compañera...

Alicia siempre es más fiel que mi memoria, por eso no temo a mi futuro amnésico ni a esa soledad que cultivo con ahinco. Será siempre la arqueóloga de mis imcomprensiones y de mis letras desperdigadas por los aires, los vuelos y ríos. 25 años y no cambiamos, aunque cambiemos. Le debo mucho más de lo que sé. Y aquí va de nuevo eso que solo usted sabe cuando le escribí, y que hoy solo corrijo, poniendo tildes y quitando puntos, para que sea, de nuevo, nuevo este poema. 

Sabe compañera...
Sabe compañera
vencimos algo
no sé si algo hecho de tiempo
o de geografía
pero eso ya no es amenaza
se ha hecho cómplice en nuestro crimen
de querernos sin preguntar
al imposible
Sabe compañera
vivo de su sonrisa
y aprendo de la libertad de su lágrima
lo que me hace falta para sentirme hombre
Sabe compañera
aún hay abismos
y mucha lástima en mis espejos
aún la queja de la vida me acosa
y se hace difícil escribir mañanas
Sabe compañera
su mano es fe
y la pregunta cruel
un empujón hacia mí mismo
Compañera
conocí de la paz
cuando su mirada me dijo
que su sonrisa
ya está a salvo de mi sombra

martes, octubre 04, 2011

Ruidos

El corazón es un tambor furioso y la respiración de uno solo es un huracán. La fuga del grifo suena a catarata y el mosquito entona un do de pecho. Que ruidosas son estas horas, como un coro de sordos en la mitad de una noche calurosa. Pasos furiosos que no acaban de llegar y la lluvia tintineando en las ventanas como imaginarias piedritas de felicidad. Y los manotazos del viento, y el luminoso escándalo del rayo, y el ronroneo de los muebles vecinos, y la charlas de amor entre los arbustos. Pero que ruidosa es esta soledad, y tan acostumbrado que estaba a tu silencio.

martes, julio 05, 2011

Prioridades

Es la receta infalible. Poner lo que va antes de lo que va después. La cuestión es que no solo se trata de orden y de tiempo, se supone que se trata de importancia. Importancia no quiere decir, necesariamente, necesidad, y necesidad no quiere decir urgencia. Aunque urja correr por correr y desperdiciar la horas en vivir por vivir, para, simplemente, ponerse a contar cuentos, sin hacer tantas cuentas. Pero no, no, y no: hay prioridades, y no son la mías, porque para gente como uno no hay prioridades, hay ganas (o no), y las ganas son así, solo de uno, bueno, de gente como uno. Y entonces amanece con las prioridades ajenas, y yo, emulando disciplina ejecutiva, pretendo ordenar mis horas próximas, y entonces abro mi MacBook Pro, abro una nota de tareas de hoy, y escribo, con solemnidad y lleno de orgullo por mi talante, "Prioridades".

jueves, junio 30, 2011

El burócrata sentimental

Seguir al autor en @Petchy19. Ver publicación original haciendo clic en la imagen

—Este es el horario– Le dijo, extendiéndole una hoja de papel con rayas en las que se distribuían unas series de horas precisas.
—¿Horario?– Preguntó con la cara llena de extrañeza, mientras tomaba con curiosidad la hoja de papel y trataba de entender el significado de esas series de horas.
—Sí– le dijo en tono seco y firme —El horario para querernos– y le soltó una sonrisa amable.
—¿De qué hablás?– Interrogó un poco confundido —¿Horario para querernos?
—Leé, ahí está todo detallado, y claro, si querés agregar algo o algo no te queda claro podés mandarme un correo y lo discutimos en la sobremesa del jueves, que es cuando más tiempo tendremos. Por favor revisa tu email en un par de horas, estoy terminando los términos de referencia para el sexo.

miércoles, junio 22, 2011

La seño Cristy y la seño Pilan

Mi mamá, Cristy, y mi tía, Pilan, son maestras: profesoras: docentes. Mi mamá es maestra graduada de la legendaria Escuela Normal de Chinameca de a mediados de los años 50 del siglo pasado. Mi tía estudió en la también legendaria Escuela Normal de Cojutepeque, casi por la misma época que mi mamá. Maestras de aquellas, de candelitas de yeso y pizarrón de madera pintada con pintura verde para pizarrón, borrador felpa y metro de madera amarilla. Mi mamá tuvo que cruzarse el Lempa para su primer nombramiento, y así fue que llegó al pueblo donde vivía el que sería mi papá. Mi tía Pilan, hermana del que fue mi papá, fue primero amiga de mi mamá porque su mamá, mi abuela, era vecina y amiga de la niña Paquita, dueña de la casa donde mi mamá llegó de pupila. En algún momento apareció mi papá, pero ese momento no lo voy a contar hoy.
Pasaron los años de ejercicio docente, y luego de muchas peripecias, exilios, huelgas y 21 de julio, mi mamá y mi tía gobernaron juntas la escuela del pueblo, mi mamá como directora y mi tía como subdirectora. Pero, pese a lo que usted, mi estimado lector pensará, no era fácil para mí estudiar bajo ese gobierno. No crean ustedes que tuve privilegio alguno por mi linaje, al contrario, ambas, mi mamá y mi tía, regidas por un sentido ético incomprensible para un niño como yo, tan consentido por mi mamá y por mi tía en el hogar. En la escuela mi mamá no era "mami" –¡diocuarde!– era la "Seño", y mi tía no era mi tía Pilan –¡diocuarde!– era la otra "Seño".
A pesar de siempre haber sido pacifista, siempre hubo algunos compañeritos-mala-gente que se empeñaban en acosarme por una especie de odio de clases (sic), no me dejaban jugar con ellos, y cuando me dejaban era para agarrarme a pelotazos. Pero esto no es un relato de la prehistoria del bullying, porque no era ni tan a menudo, ni tan exagerado, y yo lo recuerdo con humor, sobre todo porque siempre he sido paciente para la venganza. Claro, en esos años me parecía que aquello no podía ser peor, pero sí lo fue: El día que se me ocurrió, por puro instinto de hijo, ir a quejarme con mi mami por un pelotazo en mi cara, pero mi otrora mamá no estaba por ningún lado en el rostro de la "Seño", quien fue implacable, pero contra mí, y me recetó un sermón sobre cómo debe uno forjarse el carácter y cómo debe uno aprender a jugar para eso, que si no estaba dispuesto a aguantar pelotazos que no jugara más y que buscara otra cosa que hacer, pero que no llegara a la dirección a quejarme por cada vez que me golpeaba jugando, que así nunca me iban a respetar a mí, y a ella tampoco. Fue entonces que decidí hacerme músico y quise entrar a la banda de guerra, donde mandaba la que extramuros era mi tía Pilan, intramuros la subdirectora. Y resultó que tampoco, es decir, que ya estaba completa la planilla, y cada plaza libre que quedaba era muy codiciada y había larga lista de espera, y que no se me ocurriera pensar que habría consideración alguna para el sobrino extramuros, no. Me quedó entonces la estudiantina, una especie de orquesta estudiantil que dirigía don Sabas, el maestro de música, sin ningún parentesco conmigo, menos mal. Pude entrar. Yo soñaba con aprender a tocar la guitarra, el acordeón, hasta el melodión, que eran los instrumentos de cabecera. Mi hermana mayor tocaba la melódica. Pero resulta que el único instrumento disponible para mí era la marimba, una marimba digna de un kiosco en Esquipulas, enorme y pesada, tan pesada que nunca salía de la bodega donde se guardaban los instrumentos y, por tanto, mientras los demás aprendían a interpretar y ensamblarse en el salón grande, yo aprendía en la soledad de la bodega de instrumentos. Sospechaba que si ni para los ensayos la marimba salía de ahí, menos iba a salir para los actos públicos de la escuela y peor para los que se realizaban en otra escuelas. Fui, entonces, el marimbista solitario. Pero me aprendí la escala musical y algunos solos para marimba sin orquesta. De vez en cuando llegaba don Sabas a supervisar y a enseñarme otra pieza, hasta que una tarde, antes del ensayo solitario, me ganó la frustración y no fui más, y me dediqué a aprender con la melódica de mi hermana en casa. Para mis padres era una muestra más de mi inconstancia de hijo consentido, varias veces demostrada a los largo de los larguísimos nueve años de mi vida.
Con los demás maestros la cosa a veces era más fácil, es decir, me apreciaban con voluntad política, y me calificaban por lo que demostraba saber, al menos eso creía yo. Obtuve el primer lugar de segundo a quinto grado. Cuando se mencionaba mi nombre en la clausura del año, se oían siempre murmureos en el público. Claro, todos decían, o pensaban, "si es el hijo de la directora". En este caso mi mamá y mi tía se mostraban sinceramente contentas y orgullosas, sabían que ellas no tenían ninguna influencia en esos resultados, que todo era por mi rendimiento. Claro, sabían que en casa tenía una mamá y una tía que me hicieron leer desde los tres años, que me leían de todo desde antes, y que me proveían de juegos para contar, sumar y multiplicar. Yo no hice primer grado porque el año que hice preparatoria (hoy kinder 4 o 5, no sé) en el Kinder por la mañana, por las tardes mi mamá me llevaba a la escuela y me metía en el curso de primer grado de "oyente", y yo ya leía de corrido y escribía y sumaba y restaba y multiplicaba (dividir era mi punto débil, pero para eso estaba tercer grado). Cuando, al año siguiente, tocaba inscribirme formalmente en primer grado, la niña Carmencita le dijo a mi mami, perdón, a la Seño, que me matriculara de una vez en segundo grado porque ya sabía todo lo que ella enseñaba en primer grado y que me iba a indisciplinar por aburrimiento. La directora le encontró lógica al asunto, y entré a segundo grado de una vez, y luego fui pasando de grado en aquella escuela que una guerra me hizo dejar. 
Los años bajo el gobierno pedagógico de la seño Cristy y la seño Pilan me enseñaron todo lo que siempre he necesitado para aprender: sentirme contento y orgulloso de ser hijo y sobrino de dos mujeres maravillosas que siempre me esperaban fuera de la escuela para seguir malcriándome y dejándo que yo las educara en las oscuras artes de comprenderme. Y, en el día de la maestra, este es mi homenaje.

miércoles, junio 08, 2011

Enemigos imaginarios

No, que va, ustedes no son mis enemigos. La palabra enemigo es demasiado real y demasiado grave. Ya no los quiero, pero no los odio. Los quise. Luego los odié, pero fue porque me dolieron, pero fue porque los quise. Y para el bien de la humanidad, mis odios son temporales, nunca me sobreviven lo suficiente. Indiferentes, eso sí me son, indiferentes. Ya me puedo reír de ustedes y de mí con ustedes. Ya puedo verlos circular mi periferia y permanecer así, indiferente, tal cual. Claro, a veces los extraño, después de todo eran buenos enemigos. Los enemigos perfectos, se podría decir: mediocres de talante, incapaces de reconocerse traidores, primitivos en sus instintos, solitarios desesperados, ignorantes de sí mismos. Así da gusto tener enemigos. Siempre inferiores. Siempre imaginarios.

viernes, mayo 27, 2011

El crítico y la actriz

Ella quería morir actuando. Él quería vivir para verla actuar. Y, claro, él lo sabía todo. Y, claro, ella no sabía que creer. Después de nueve giros, siente saltos y alguna copa de más, ella pudo preguntar. Antes de las copas, él nunca sabe responder. Ella, claro, agradece. Él, claro, le dice que no hay nada que agradecer. Ella sopla caricias sobre su ego, y él solo así se deja acariciar. Ella, tres veces, se retira saltando. Él, con los pies en la tierra, se queda a mirar. A la tercera se despiden, sin telones, sin luces, ni aplausos de pie. Él la sigue mirando sin  poderla ver. Ella quizá no recuerde bien esa escena tan al revés: aquella oscuridad, aquella luz para bailar, aquella música, aquel montón de cuerpos, aquel ritmo de hoy. Él hubiera querido ser otro, quizá también un actor infalible, para poderla retener.

viernes, abril 29, 2011

Pequeños fracasos de la vida docente

Uno enseña, a pesar de que tiene serias dudas de que lo que realmente vale la pena pueda enseñarse. Pero uno se para al frente de una clase con gente que se supone quiere aprender. Y sí, siempre hay algunos y algunas que quieren y hay otros y otras que no. Eso es lo que aprende uno. Creo que fue John F. Kenedy el que dijo que con uno que esté escuchando entre la multitud ya vale la pena decir lo que uno tiene para decir. En fin, uno enseña lo enseñable que ha aprendido: la técnica, las reglas, las formas probadas, las herramientas necesarias, y uno aspira a que le gente desarrolle criterio, que se vaya formando como un ente pensante, intelectualmente decente y firme, que separe el creer del saber. Lo peor es que uno cree que lo está haciendo bien, porque uno enseña lo que le gusta y lo que le apasiona, porque el arte sino apasiona no gusta. Uno cree que está ayudando a que haya mejores universitarios, personas capaces de discernir y estudiar lo que se tiene que estudiar desde lo académico. Claro, uno lo va creyendo porque ve resultados. Pero llega el día en que se da cuenta de que sus enseñanzas han caído en algunos sacos rotos, en gente que se niega a ser profesional porque le incomoda su objeto de estudio, porque se niega a ver tras el tamiz del morbo lo más excepcional del arte, la honestidad de la creación y a ejercer el juicio. Entonces uno se siente fracasado y dan ganas de abandonar la tarea. Menos mal que uno recurre pronto a la parte llena del vaso y pronto se recupera, pero siente que debe exorcisarse haciendo insignificantes denuncias públicas en su propio e inútil rincón. Pero uno lamenta vivir en una sociedad tan castrante, tan miope y limitada, que limita a las mentes mas jóvenes. Lo bueno es que uno recuerda a los y las que crecen y que llevan en la mirada menos velos y en la vida más oportunidades de plenitud, y es por ellos y ellas que no piensa detenerse.

jueves, abril 21, 2011

Entre nos

Yo sé que vos y yo nos vamos a encontrar, no habrá manera de evitarlo, como no hay manera de saber cuándo, ni donde, ni para qué. A veces me hablás y yo no te entiendo, porque me hablás como que no supieras que yo solo entiendo este mi idioma. Un día, en alguna de esas horas voluntariosas, te vas a unir en un ente único, tangile, patente, y vas a ser como yo, pero más vos: solitario, pero alegre, ambíguo, pero decidido, incrédulo, pero valiente, poeta, pero sobreviviente, profeta, pero realista. Un día tendrás espejos en los ojos y tormenta en la garganta. Un día yo voy a quererte como me quiero, y será fácil la vida porque la vas a vivir por mí. Así, entre nos, te siento llegar con cada menguante, como esa sombra que sobra al universo, y es cuando corro hacia mí mismo, donde no vas a saber como encontrarme. Entonces te vuelves a ir al horizonte y solo dejas una nota, que nunca leo, debajo de la puerta.

domingo, abril 03, 2011

En día que decidí volver

Hoy decidí volver aquí. Lo raro es que nunca decidí irme. Han pasado muchas cosas desde que me fuí ("han pasado muchas cosas" digo y pienso durante lo escribo que las "cosas" no pueden pasar, pero no tengo el ánimo dispuesto para buscar maneras correctas de soslayar estos escollos expresivos), tantas cosas han pasado que mejor escribo como si no ha pasado nada. Es domingo y estoy un poco lejos, hace calor y prefiero no moverme. El día está dudoso, en un punto a medias entre sepia y gris. En el fondo del silencio suena la vida superflua en televisión y una conversación telefónica muy seria. Tengo ganas de dormir, pero yo apenas puedo dormir. Me tomo esta pausa a la que no tengo derecho, porque al hacerlo soy un mal hijo, un mal amigo, un mal hermano, pero hoy no quiero ser malo conmigo, y por eso he vuelto aquí, a escribir un poco sobre nada, sobre todo porque aquí todo se perdona, incluso el abandono.

jueves, febrero 17, 2011

Riámonos ¡carajo! *

Si te voy a extrañar,
voy a extrañarte bien,
con ganas de reir de tanta gana de volar,
con elegancia matinal
y garbo de señor.
Voy a extrañarte con albur,
como quien aprendió a reirse del dolor,
con cinismo demencial
y eufórico candor.
Te extrañaré así sin más,
por pura gana de incordiar,
faltándole el respeto a la ciudad
como arquitecto colonial.
Para extrañar con libertad,
voy a olvidar la seriedad,
lanzando risas de alquitrán
como payaso terminal.
Extrañarte será un placer,
como un masaje pero sin piel,
el último trago de un tinto infiel
en copa rota como aquel.
Para extrañarte tengo que rimar,
sentirme diametral, un clásico local,
septentrional sino boreal,
un constante delirar, una risa sin final,
una burla de matar, una histeria,
una forma insana de burlar...
Pero riámonos ¡carajo!
que no quiero llorar.



* Por favor lea: Cuento, de Carilda Oliver Labra

lunes, febrero 14, 2011

Sexo triste

Es una variedad que suele usarse en ocasiones de despedida. Suele ser inconcluso, porque uno no quiere que nada termine; suele ser distraído, porque uno quiere olvidar que es la última vez; suele ser rabioso, porque uno suele hacerse el fuerte; suele ser insistente, porque uno no se resigna; suele ser con música, porque uno no sabe qué decir; suele ser gracioso, porque a uno le gusta su risa; suele ser sin ventilador, porque uno no está para discutir; suele ser con sueño, porque uno se tiene que despertar; suele ser indiscreto, porque uno lo quiere gritar; suele ser sin reliquias, porque uno algo tiene que olvidar; suele ser a oscuras, porque así se aprende a extrañar; suele ser honesto, porque más no se puede perder; el sexo en ocasiones de despedida suele ser triste, porque uno al menos quiere escribir, porque uno quiere sobrevivir.

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