martes, julio 01, 2008

A 4 metros sobre el suelo

El fin de semana pasado me fui a Guatemala. En bus. En el segundo piso de un bus. En el primer asiento del segundo piso de un bus. Una ventana enorme me daba una vista a 270 grados del viaje, de la carretera y de lo que las carretera suele contener. A mí me impresionó, quizá sea una tontería para la mayoría, pero a mí me impresionó, hasta me conmovió. He viajado en aviones, pickups, y hasta en camiones enormes, pero esta vez fue diferente. Iba en un asiento que bien pudiera ser la butaca de un cine y la ventana era enorme. Fueron casi 5 horas de viaje, y poco a poco me fui acostumbrando a esa perpectiva de la vida. Todo pasaba abajo, los otros vehículos, los peatones, los árboles eran los que me mantenían conciente de que la altura no era demasiado: ramas chocaban agresivamente contra la ventanta, imagínense el susto que me daba cada vez creyendo que la rama se estamparía en mi cara. Pero uno va aprendiendo que la ventana nos cuidan.

De pronto empezó a llover. El agua sobre la ventana hacía juegos apsaionantes. Las gotas corrían hacia arriba, los chorros de agua no caían, subían y bajaban por la velocidad (sé que hay un término físico más preciso, pero lo ignoro). Me hipnotizaba el agua en la ventana. Fue entonces que se me ocurrió usar mi teléfono nuevo para grabar en video lo que veía. El efecto del agua en la ventana no quedó registrado (apenas dos 2.4 megapixeles) pero la perspectiva se aprecia, no sé si mi impresión, pero aceptenme el intento.

La ciudad a ras de piso también fue entretenida, pero no me dio ninguna perspectiva nueva que pueda contar aquí. La compañía sí fue muy buena, y mi sentido de pertenencia tuvo algunas reafirmaciones oportunas. Los reencuentros a ras de suelo siempre hacen que uno aprecie de otra manera los viajes, y sobre todo si uno tiene una ventana enorme enfrente mientras viaja a 4 metros sobre el suelo.

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