sábado, abril 28, 2012
— Peleándome con vos a tus espaldas
lunes, octubre 31, 2011
Paraguay existe
Casi voy regresando de Asunción, de Paraguay. Y te cuento que sí existe, aunque no tenga mar, aunque sí tenga playas, playas del Paraná –ese río impertinente que cruza el sur del sur con sus aguas sin reputación–, playas de Ypacaraí, ese lago de vals criollo del folclor del romance universal. Agua no falta en Paraguay, se derrapa en las cataratas de Iguazú, con todo y presa, y, como si fuera poco, de repente, llueve como en mi trópico. Es caluroso, eso sí, mucho en estos días, y se pone peor cuando los del hemisferio norte nos helamos –en el trópico nos helamos con veinte grados–. Tanto existe que llegan de golpe
decenas de presidentes –aunque algunos, como el mío, se quedarán con la
duda–. Pero claro, antes hemos llegado periodistas a verificar aquella
presunción de existencia, no vaya a ser. Y bueno, también tiene un
presidente, el exobispoyahorapadre. Y ahí estuvimos que no lo podíamos
creer, pero Paraguay existe, y tiene su Asunción, bajita, medio
empedrada y rojiza, con sus shopping y paseo Carmelita, y también su minicentro y calle Palma y calle Tecuarí y su plaza tomada por dignos indígenas sin tierra en un camping indigno que a nadie indigna ya. Y uno puede andar, sabes, de noche y de día, y aunque no hay que confiarse ni abusar, se puede recorrer aquella existencia que se paga con guaraníes (cuatro mil y tantos por un dólar y cinco mil por un euro). Pues eso te cuento hoy, para que sepas un poco más –o un poco menos– de ese país con seis millones y medio de personas, la misma cantidad que hay en mi país 20 veces más pequeño. Paraguay sí existe, pese a Bastenier y sus frases de titular.miércoles, agosto 10, 2011
Pornografía de biblioteca
Pero la palabra terrible es pornografía, intolerable y criminal. Honesta diría yo, pero esa palabra también está demasiado desnuda. Las conciencias débiles siempre han condenado la honestidad y dictan sendos y amenazantes preceptos; moral lo llaman, y en su nombre viven ellos y matan a los otros.
Charles Baudelaire insistía en que imagináramos todo, con especial atención en lo prohibido. [Tuitea la frase]En este país se condena la pornografía por dogma. Sin duda, existen muchas dificultades para verla como algo más que depravación; pero, en este sentido, no es la pornografía la única que sufre persecución. Sin embargo, en la historia han sido perseguidas infinidad de manifestaciones humanas que a los ojos de los grupos hegemónicos resultan impresentables.
En cada caso vemos un cuadro bastante similar, vemos como se delinean dos grupos: unos conservadores y otros progresistas. Los primeros son los inquisidores e intolerantes; los que dictan y castigan, y que, por lo general, tienen el poder necesario para "conservar" el mundo a su imagen y semejanza. Los segundos son las víctimas, los incomprendidos, perseguidos y castigados; sin recursos, ni materiales ni sociales, para defenderse. Los primeros son los que tiran siempre hacia el pasado, que es querer hacer, contra el discurso del tiempo, eterno su presente. Los segundos son las semillas del mal, los que no quieren sumarse, los que tiran sus piedras hacia el futuro, pero más allá de donde la vista alcanza.
Todo esto es caricatura. Ni unos ni los otros son siempre así. En verdad ambos se creen, de alguna manera, "los buenos". Siempre parece que los conservadores radican su bondad en negar el cambio que no surge de sus presupuestos. Los progresistas no deberían verse buenos a sí mismos, porque verían malos a otros y eso no es progresista: hay que estar más allá, como sermoneaba Nietzsche, para ser verdad. Y sigue la caricatura.
En medio, está "el público". Los recreadores. Al final es el grupo que se impone, pues por efectos de la masificación es más longevo. El perseguidor muere un día, al igual que el perseguido, pero ambos en distintas circunstancias. Quedará, con suerte, la obra, que es paciente, y el tiempo, si en verdad la obra tiene alguno, le llegará.
Y pasa. Pasa que después de cien años la corona inglesa lamenta haber condenado a Oscar Wilde por degenerado. Pasa que Verlaine y Rimbaud fueron encumbrados como genios cuando la muerte los hizo inofensivos y sus penes, botones negros, tetas, felaciones y cunilingus literarios ya no asaltarían las inocencia de la imaginación sexual. Y pasa más, mucho más, pero menos notorio, más doméstico. La purga social es constante, institucional y, quizá, tristemente necesaria.
Unos dirán que el público salva o condena según la circunstancia que vive. Muchas veces es el que forma y deforma. Lo pornográfico de cada obra tiene cuna dudosa. A veces está en el creador y otras en el receptor. Vladimir Nabokov escribió Lolita con un ánimo lejano, no por eso contrario al que los lectores encontraron, sin embargo, y a pesar del morbo inexcusable, ninguna biblioteca podría prescindir de esta obra polivalente alegando perversidad sin que la sensatez le mire feo.
Hay verdades que ofenden más que una secuencia ginecológica. El snobismo hoy en día es salvoconducto generoso, citemos entonces a sus íconos. Sade sentenciaba "Lo más sucio, lo más infame y lo más prohibido es el mejor estímulo para la mente. Es lo que hace que nos corramos de la manera más deliciosa". Charles Baudelaire insistía en que imagináramos todo, con especial atención en lo prohibido, para librarnos de las ataduras de la ignorancia.
Estos son libros, es decir papel y tinta, letras formando palabras, palabras formando cuerpos en el deseo. Han sido aceptados como huéspedes de las bibliotecas más puritanas, todas las de este país, porque las imágenes de la mente son invisibles a los otros. Pero no vaya uno a dibujar, a filmar, a hacer sonar. No vaya un desconocido sin premios ni editorial a usar la palabra impúdica, porque entonces los doctores se le abalanzarán con todo el peso del poder que legitima la imposición de la soberbia.
El sexo es un tema tabú todavía. Todo parece indicar que es un género disidente, emancipador, no tanto por su nula esencia ideológica (salvo por la obra de Sade y otros) como por su vocación develadora de realidades íntimas y estrictamente humanas. Además de evocar deseos y obsesiones humanas, este género es un excelente pretexto para estimular la creatividad orientada al placer de los sentidos, placer por demás vilipendiado.
Yo invito aquí a visitar los pasillos de las bibliotecas para encontrar y no encontrar los Pájaros de fuego de Anais Nin, el Decamerón de Bocaccio, algún cuento de Xaviera Hollander, indagar los archivos de David H. Lawrence o Gary Jennings. Marguerite Duras, Sor Juana Inés de la Cruz, García Lorca, Neruda, Yukio Mishima, Vargas Llosa; busquemos también a Melitón Barba, algunos versos de Matilde Elena López, Silvia Elena Regalado, escritos de Roque Dalton, Otoniel Guevara, Salvador Canjura; todos estos y miles más, han podido ser tachados de pornógrafos por una palabra, una frase o una novela entera. Todos son símbolos de buena lectura y de cultismo. Nos es que haya sido el sexo en su obra lo que los valida, pero tampoco ha sido motivo de desdén ni de rechazo, y menos de castigo. Hay otros que intentan a diario mostrarse y son lapidados. Y pierden todos, los que tiraron la primera piedra, el que la recibió y los que vimos todo sin verlo. Perdió también la cultura y la tolerancia. Perdimos también los de "el público", nos agravan los prejuicios y la ignorancia. Pero el tiempo pasará, o tal vez no.
¿Por qué están unos y no otros en los catálogos? ¿Quién decide qué es bueno y que es malo leer, ver o escuchar? ¿Por qué? Las respuestas, por desgracia, las conozco. Aún nos vigilan, nos prohiben y castigan por salirnos de la sombra. Las bibliotecas, que podrían ser la torres en que los lenguajes pudieran convivir sin entender prejuicios, nos traicionan. Si no velan por nosotros los que deben, entonces ¿Quién? ¿Qué podemos hacer desde la palabra? Demasiado poco. Eso es lo que a mí me da vergüenza.
martes, diciembre 23, 2008
Años de soledad *

Tengo a mi lado, mientras escribo esto, un ejemplar de la 42.ª edición de Editorial Sudamericana de “Cien anos de soledad”, la gran novela de Gabriel García Márquez.
Esta edición fue impresa en buenos aires el año que yo nací, en 1974, y la descubrí en el pecho de mi papá cuando yo tenía 12 años, era 1986. En ese entonces mi papá vivía solo en el pueblo donde él, yo, mis hermanos y hermanas nacimos, en Guadalupe, San Vicente, en una esquina del Valle de Jiboa, al pie del volcán Chinchontepec.
A finales de 1984, la guerra golpeaba fuerte y las amenazas de ambos bandos comprometían gravemente nuestra seguridad. Ya mis hermanos mayores estudiaban y vivían en la capital, solo los dos hijos menores quedábamos en Guadalupe con mi papá y mi mamá. El 28 de diciembre de ese año mi hermana y yo fuimos notificados que en una semana nos mudábamos a la capital también, que mi mamá se nos uniría un poco después. Si yo hubiera sabido que era día de los inocentes hubiera pensado que era una broma cruel, pero no lo sabía y no era una broma.
Para no hacerle largo el post, mi papá se quedó en el pueblo viviendo solo, mi mamá se vino a San Salvador unos meses después que nosotros. El que más se resistió a la mudanza fui yo, que soy el hijo menor de 6 hermanos, y fui el más consentido por mi papá y por mi mamá, no quería separarme de ninguno, y luego la idea de que mi papá se quedara solo me afligía de manera especial, pero él debía seguir atendiendo los negocios y tierras de la familia para que nosotros pudiéramos vivir y estudiar cómodamente.
Los primeros años, cada viernes al salir de mis clases me iba directo a la Terminal de Oriente a tomar la ruta 501 para irme a Guadalupe, a estar con mi papá, mi abuela y mis amigos, y me regresaba en el último bus del domingo. Eso me duró lo que me duro el último tramo de infancia, y hasta que la adolescencia apareció con sus rebeldías y amarguras.
En una de esos fines de semana fue que descubrí “Cien años de soledad” en el pecho de mi papá. Recuerdo muy bien el cuarto de abobe con dos camas, las ventanas que daban a la calle las habían cerrado con más adobes porque podía entrar una bala perdida o dirigida. El cuarto era oscuro sin encender un foco, el techo de teja altísimo tenía una teja de vidrio por la que entraba un haz de luz perfecto lleno de partículas que cuestionaban mi concepto de vacío mientras atravesaba toda la habitación en la medida que, afuera, el sol se movía. El libro de pasta blanca con una trama de celdas azules con raros dibujos de soles, estrellas, calaveras, lunas, soles, campañas y gorros frígios llamó mi atención en las manos de mi papá que lo leía un par de minutos antes de quedarse dormido en su siesta de las tardes. Esa tarde yo intentaba dormir también una siesta, rara vez lo lograba. Cuando mi papá se quedó dormido con el libro en el pecho y los anteojos puestos, me acerqué a quitarle el libro y los anteojos, él medio despertó, me miró un poco asustado, y yo solo le dije que se quitara los anteojos, lo hizo y yo tomé el libro de su pecho. Luego me fui a mi cama a un lado y leí el título: “Cien años de soledad”, me estremecí por una inmensa tristeza.
Yo no sabía nada de esa novela, ni de su autor, ni del “boom”, ni del Nóbel, ni de literatura, ni nada de lo que ahora sé sobre esa novela. Pero el título me llenó de tristeza por mi papá, pensé en su soledad, y no tengo idea si él pensaba en su soledad con ese libro, tampoco supe como llegó ese libro a sus manos. Es probable que mi hermana mayo se lo haya dado porque tiene su nombre y el nombre del instituto donde cursó bachillerato. Tampoco supe si lo terminó de leer, aún está un separador en la página 155.
Yo la empecé a leer esa tarde, quizá buscando lo que mi papá sentía. Empecé y leí varias páginas. Hasta entonces yo no había leído una novela, solo leía cuentos y fábulas de “El libro de nuestros hijos”, una enciclopedia maravillosa de tres tomos muy gruesos que teníamos en la librera de la sala y llena del contenido más variado. La novela la leía cada fin de semana, siempre estaba en la mesa de noche de mi papá, pocas veces lo volví a ver con el libro en las manos o en el pecho.
Quizá tardé tres meses en terminarla, y solo al principio comenté con mi papá, que se confundía con los nombres, luego yo me adelanté y él no quería que le contara lo que seguía. Yo le conté cuando la terminé, y me dio que me esperara a que él la terminara. Sospechó que no la terminó. En ese entonces no entendí mucho de esa novela, la soledad no era la de mi papá me decía sin decírmelo, pero disfruté mucho leerla, y eso que yo era un enganchado a la televisión.
Aquel pueblo ya era un pueblo solo, lleno de gente mayor que siempre había estado a mi alrededor, gente muy distinta a la de la ciudad, con vidas e historias que a mí se me hacían cotidianas, pero que hoy, desde el tiempo, las veo dignas de contar en un libro o en varios. A lo mejor por eso, la novela de García Márquez no me perecía excesivamente mágica, ni ficción, salvo algunas cosas claro está, sin embargo, yo había oído, nunca visto, de cosas que pasaban o habían pasado en el pueblo tan mágicas como las del libro, y a veces más. Incluso llegué a contar alguna historia del libro cuando, por las noches los fines de semana, nos juntábamos a escuchar las historias que la Chayito nos contaba en la puerta con gradas de la casa de los Prieto. Y mis historias encajaban en las demás, sin que nadie sospechara que eran parte de un fenómeno literario que estaba alborotando al mundo entero.
Mi papá murió un día de paro al transporte impuesto por la guerrilla: el 5 de mayo, el quinto mes de 1988, a las 5:55 de la tarde en un hospital de la capital. Mi papá siempre compraba billetes de lotería que terminaban en 5, porque decía que era su número de suerte, las placas de los dos carros que teníamos terminaban en 5, y no sé que otras cosas justificaban su creencia. Lo cierto es que el 5 marco su muerte de manera casi mágica, pero sobre todo realista. Mi papá empezó a morir un mes antes en su soledad, en aquella casa que se derrumbó, junto con el pueblo entero, en aquel terremoto de febrero del 2001. Y eso que la realidad se escribe sola.
Unos años después me pidieron en el colegio leer “Cien años de soledad”, al principio dije “ya la leí”, pero las exigencias tan puntuales del control de lectura me hicieron volverla a leer, y fue otra experiencia con el mismo libro. Ya tenía otras herramientas para interpretarlo, y ya había leído otras novelas también, unas porque después de mi primer novela quedé con ganas de otras por iniciativa propia, y las demás por exigencias académicas. El año pasado estuve en Cartagena de Indias, en un taller de Crónicas periodísticas auspiciado por la fundación del Gabriel García Márquez, justo en medio de las celebraciones de sus 80 años, los 40 de “Cien años de soledad” y los 25 de haber recibido su Nóbel. Hubo todo tipo eventos, conferencias, homenajes y una edición conmemorativa de la Real Academia de la Lengua que me compré para releer el clásico y ver si terminaba de entenderlo ya con todo lo que había escuchado.
Entre la primera y la última vez que leí “Cien años de soledad” he leído cientos (ojala fueran miles) de novelas, cuentos, poemas, ensayos, textos periodísticos y académicos. No sé bien si ese momento en que tomé el libro del pecho de mi papá tuvo algo de mágico, lo cierto y real es que ahí empecé a ser el lector que soy, que es como decir el ser humano que soy. Y ahora escribo porque he leído, porque quizá un día logre hacer que usted lea sus propios años de soledad.
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En otra parte (original diferido)*
“La vida está en otra parte”, de Milan Kundera, la leí durante un viaje a México, quizá en 1997 o 1998, no estoy seguro, y no tengo el libro a la mano para ver la fecha de lectura que siempre anoto en los libros que leo. Ahora mismo estoy en un avión, iniciando un corto viaje, es de noche, y hay ganas de oscuridad y silencio. Siempre que viajo me acuerdo de ese libro, no porque trate de viajes, sino porque cuando lo leí descubrí que existía el perfecto libro de viaje.
En aquellos años yo era un viajero compulsivo, iba y venía de un lugar a otro, a veces de un país a otro. Tuve la suerte de encontrar siempre algún medio para viajar, por visitas familiares, por trabajo, por estudios, por cariño de otros, y solo algunas veces viajaba con mis propios recursos. Un amigo muy cercano por aquellos días solía cuestionarme insistentemente muchos aspectos de mi vida, y en uno de aquellos emplazamientos se dedicó a cuestionar mis razones para viajar, y para mí viajar no necesitaba razones: todo el mundo quiere viajar. Él aseguraba que mi caso no era un caso genérico, que yo viajaba para huir, que él detectaba en mi entusiasmo por los viajes una atisbo de esperanza de encontrar en algún viaje algo que me urgía encontrar. De muchas maneras tenía razón este buen amigo, yo viajaba buscando demasiado: la vida, esa vida contundente y bien ponderada cuya idea no se ajustaba a la vida que yo vivía. Y fue justo antes de emprender un viaje luego de esta discusión que llegó a la librería donde yo trabajaba “La vida está en otra parte”, y el título me atrapó, y yo llevaba un par de años devorando a Kundera, como muchos de mi generación. Ya me había leído “La insoportable levedad del ser”, el momento cumbre, luego “La inmortalidad”, que no fue tan memorable, pero me di otro chance con “El libro de los amores ridículos”, que lo disfruté –¿cómo no?-, descansé con “La lentitud”, luego fue que apareció oportuno y seductor el título ya mencionado.
Este libro cuenta la historia de un poeta, solo eso. Su infancia, adolescencia y adultez temprana, sin más hechos que los que corresponden a un poeta: delirios, fundación del ego, algún grado de locura, su tragedia existencial y esas ganas de buscar la vida. No sé bien si este libro le pueda parecer tan bueno a alguien que no sea poeta, o si, en su defecto, a otros poetas les parecerá al menos interesante. Lo cierto es que a mí me dio ese vínculo con el mundo que andaba buscando.
De ese viaje no recuerdo nada más trascendental que esa lectura, y es difícil explicar por qué sin que suene pretensioso. Lo más importante fue que aprendí a aceptarme poeta, a reconocerme como tal, fue la primera de muchas aceptaciones vitales que vinieron con los años.
Es que ser poeta no era condición fácil de asumir para mí, yo quería ser científico, matemático, un hombre de datos exactos, no me gustaba la idea de escribir poemas y conmover a la gente, quería hacer cosas útiles e importantes. Pero no había podido evitar a la poesía, y es esos años que aquí evoco, pasaba por mi época más frenética de producción poética, y era, a veces, insoportable. Quienes me conocieron saben de qué hablo cuando digo insoportable.
Entonces Kundera llenó ese libro de frases que no sé que efecto me producirían en mis actuales circunstancias, pero en su momentos fueron un viaje intenso, y en cada viaje que hago repaso las sensaciones y la emoción de viajar solo para buscar, después de haber descubierto que es la búsqueda la que se disfruta, porque la vida siempre está en otra parte.
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