En la Antigua Guatemala uno camina desconfiando de la historia, tropezándose con el desvarío propio y con el de una ciudad entregada al cliché de esa bohemia renovada de los turistas-salva-pobres, a la ataraxia impostada de los artistas repentinos, a la voracidad de sexópatas oenegeros. En Antigua Guatemala la belleza es falsa, escénica, desdentada, restaurada, indignada. En su ruina está su secreto públicamente inventado. En cada trozo de ciudad está su olvido. En cada fotografía que tomo está mi pecado.



























